Crisis y desgracia

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Por Francisco Montfort Guillén

Espectaculares protestas sacuden a Europa. Problemas de aparente sencillas soluciones, han hecho salir a las calles a protestar sobre todo a los jóvenes.

Vistos los hechos y en donde suceden, se pensaría en una etapa de inicios revolucionarios. La verdad es que, sin negar que existen problemas en esos países, la magnitud de sus males es incomparablemente menor a los problemas que enfrenta México. Los europeos no tienen a revolucionarios en sus calles, sino acaso revoltosos que son alimentados por algunos profesionales de las manifestaciones violentas. Sus movimientos no tienen el aire refrescante de los rebeldes que sueñan con reivindicaciones profundas que ayuden a “cambiar la vida” como quería el gran rebelde universal de la poesía Arthur Rimbaud. Lo que si muestran es el aire furioso del rencor en contra de los símbolos del poder económico y del prestigio social de ciertos grupos sociales. Es la ira por saberse excluidos de los grandes placeres que ha creado un sistema que, si bien ha sacado de la pobreza a millones y millones de personas en todo el mundo, todavía es incapaz de ofrecer la misma alta calidad de bienestar a todos los habitantes de cada nación.

Lo curioso es que buscan una mítica igualdad social, un ascenso que no se puede obtener inmediatamente si no es a base de grandes sacrificios y siendo portadores, genéticamente, de propiedades personales intelectuales y físicas, que los hagan destacar en este mundo de competencias exigibles y comprobables, de competitividad creciente, de inventiva demostrable, y de buena suerte para triunfar si no se está respaldado por una herencia económica y de buenas relaciones familiares.

Así que los países europeos tienen las bases y los elementos suficientes para encarar estas protestas legítimas y resolver las demandas de ciudadanos que hacen del rencor de los excluidos las bases para el triunfo de fuerzas políticas situadas en los extremos ideológicos que se les hace fácil prometer que dichas fuerzas si tienen la llave mágica para crear paraísos artificiales, ready made, sin más esfuerzo que depositar su voto en las urnas, hacer crecer los descontentos y las amarguras de quienes están excluidos del bienestar de los millonarios. Cada país tendrá que enfrentar sus problemas de acuerdo con sus capacidades reales y no a sus fantasías de crear los ya dichos “paraísos artificiales”. Todas las naciones del mundo reconocen las ventajas de estabilidad política y homogeneidad social y cultural que han alcanzado los países escandinavos, pero no todos han hallado la fórmula para encadenar a su Estado a los deseos de sus sociedades. El ejemplo está. Pero no todas las clases políticas están dispuestas a actuar con profesionalismo, respeto a las leyes, honestidad y honorabilidad. Y mientras una nación carezca de seres humanos dedicados a la política con esa extrema capacidad ética y profesional, se pasará la historia dando tumbos y gritándose culpas, unos a otros, de los fracasos continuos de unos y otros.

También en México tenemos crisis. También tenemos una clase política que es un fracaso. Los de antes y los de ahora. Y aunque parecía que México había encontrado los mecanismos suficientes para encadenar al Estado al cumplimiento de las leyes y a los deseos de todos los grupos sociales del país, con el cambio electoral de 2018 despertó de sus sueños para enfrentar su cruda realidad. En este mundo interconectado, que ha hecho de la autonomía una nueva cualidad emergente, sostenida por redes con nodos nacionales, reconociendo, aceptando y negociando las insustituibles dependencias entre sociedades y economías complementarias, aunque mutuamente competidoras y con interés contradictorios, que obligan a la eterna negociación y a la eterna superación nacional de sus fuerzas productivas (en realidad, en la producción de seres humanos cada día superiores intelectual y físicamente), en este marco pues, la sociedad mexicana aceptó la oferta de un mediocre “mesías tropical” que le ofreció la concreción de ese paraíso tropical, el edén, El Dorado, en un México que apenas había podido construir un frágil primer andamio para amarrar algunas de las garras del Leviathan dictatorial que había hecho y deshecho, al antojo de sus presidentes, un país contrahecho, con logros y carencias notables.

Y llegó de nuevo el Leviathan de corte fascista. Y de inmediato destruyó la disposición de someter sus conductas al cumplimiento de las leyes. Y rápidamente puso toda su energía en construir inútiles templos para la adoración permanente y eterna del gran “mesías tropical”. Y convocó, no a los pobres a cogobernar, sino a los resentidos, a los excluidos del primer gran círculo del Poder
Fascista, a la Corte Populista que por fin dieron rienda suelta a sus amarguras, sus desprecios, sus descalificaciones, sus frustraciones. Y empezó la gran fiesta de las improvisaciones, los errores, equivocaciones con sus excusas para culpar a los otros, a los despreciables “fifís”, los horrendos liberales que los habían excluido precisamente por incapaces, por rateros, por débiles intelectualmente sin darse cuenta de que habían sido ellos mismos los responsables por no entender los cambios mundiales y demandas de los mexicanos: terminar con el Leviatán priista y aumentar las nuevas exigencias profesionales y académicas para gobernar mejor. Pero ahora, gracias a la oferta del paraíso del que solo reciben unos cuantos pesos, los nuevos gobernantes pueden hacer del servicio público lo que quieran.

El gobierno se endeuda, entre otras cosas, para sacar adelante a PEMEX, mientras los mismos funcionarios, en alianza con su nuevo sector político, la criminalidad organizada, comete los robos más grandes de la historia precisamente robando al fisco con los productos petroleros. Deuda para sacar a flote a la paraestatal y al mismo tiempo robos históricos a la paraestatal para mantener, entre otras cosas, los flujos de dinero para pagar campañas políticas y ganar elecciones.

El gobierno destruye la organización y operación medianamente eficiente del sector salud, argumentando una “enorme corrupción”, que nunca demostró ni castigó, con la compra y distribución de insumos médicos, hospitalarios y de clínicas, incluyendo la compra y distribución de medicamentos. Jugoso negocio de miles de millones de pesos. Ahora el negocio es de los “redentores” del sistema político, que además de hacerse del negocio médico, han hundido el
sistema de salud, provocando miles de tragedias humanas (muertes, angustias, sufrimientos corporales y sentimentales). Se hicieron del negocio y dejaron sin servicios de salud sobre todo a quienes dicen representar: a los más pobres que, ellos sí, siguen siendo los verdaderos excluidos del sistema.

Los dramas de México no han constituido una verdadera crisis de sistema, pero no por eso son problemas menores. Si los mexicanos no están en las calles vandalizando tiendas y edificios públicos es porque los profesionales de la protesta y la vandalización son agentes que pertenecen a la izquierda real y a los integrantes de Morena, pues el resto de los mexicanos todavía creen en sus instituciones y piensan que electoralmente esto puede ser corregido. Las protestas de algunos médicos que pretenden hacer una manifestación nacional para resolver los problemas de su sector merecen todo el apoyo de los demás mexicanos que puede expresarse por diferentes vías, no sólo con las marchas.

Que las protestas sean por el momento sectoriales no significa que en México no se viva una gran crisis. Esta es la existencia silenciosa de la calidad de la educación en todos sus niveles junto con la existencia escandalosa de la violencia derivada de la decisión del “mesías tropical” de haber hecho del crimen organizado un actor político que incide en la vida nacional de los mexicanos. Las crisis pues, son numerosas. La desgracia, la gran desgracia es que haya vuelto a gobernar el incompetente Leviatán absolutista, el gobierno fascista de Morena.

 

francisco.montfort@gmail.com