Por las que fueron, por las que somos y por las que vendrán

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Por Mariana Calderón Aramburu

El 17 de octubre de 1953, después de décadas de lucha, las mexicanas conquistaron el reconocimiento constitucional de su derecho a votar y ser votadas. Han pasado 73 años desde entonces y, aunque hemos recorrido un largo camino, quizá la mejor manera de honrar a quienes hicieron posible aquella transformación sea preguntarnos qué estamos haciendo hoy con los derechos que nos heredaron.

Porque el voto femenino no fue un regalo. Fue el resultado de la valentía, la perseverancia y, sobre todo, de la organización de muchas mujeres que se negaron a aceptar que su condición de género fuera motivo suficiente para excluirlas de las decisiones públicas y negarles el ejercicio pleno de sus derechos políticos.

Aquellas mujeres nos enseñaron que las grandes conquistas no son individuales, sino colectivas. Ninguna llegó sola y ninguna habría podido transformar la historia sin las demás.

Hoy tenemos congresos paritarios, mujeres al frente de instituciones y, por primera vez, una mujer en la Presidencia de la República. Son avances históricos que debemos reconocer y celebrar. Ahora, el siguiente paso es lograr que esa presencia se traduzca en mejores condiciones de vida para todas. Que los espacios ganados se conviertan en oportunidades, derechos efectivos y cambios reales en la vida de quienes todavía enfrentan desigualdad, violencia y exclusión.

La paridad es indispensable, pero no puede ser nuestro punto de llegada. La verdadera transformación ocurre cuando una niña puede crecer sin miedo, cuando una madre encuentra justicia, cuando ninguna tiene que renunciar a sus sueños para hacerse cargo de los demás y cuando participar en política deja de representar un riesgo para nuestra integridad.

No basta con que las mujeres ocupemos el poder. Importa lo que hacemos con él.

Y en esa responsabilidad está la memoria. Recordar lo difícil que fue llegar, las puertas que encontramos cerradas, las veces que tuvimos que demostrar más, esforzarnos el doble o defender derechos que para otros siempre estuvieron garantizados. Llegar a los espacios de decisión no puede hacernos olvidar ese camino ni la responsabilidad de seguir abriendo puertas para las demás.

Por eso es tan importante preservar la fuerza de lo colectivo. Aprender a reconocernos, acompañarnos y defendernos, incluso cuando pensamos distinto. La unidad no exige uniformidad ni significa renunciar a nuestras convicciones. Significa entender que hay causas que nos pertenecen a todas y derechos cuya defensa debe estar por encima de nuestras diferencias.

Las mujeres podemos competir políticamente, disentir y defender proyectos distintos, sin olvidar que compartimos una historia de exclusión y una responsabilidad con quienes todavía enfrentan barreras para ejercer sus derechos.

La sororidad tiene que ser una forma permanente de construir, de compartir oportunidades, de reconocer el trabajo ajeno y de celebrar los triunfos de las demás como parte de un avance común.

Este fin de semana, en Xalapa, mujeres de distintas trayectorias, convicciones y generaciones se reunieron en el Quinto Encuentro Nacional de Mujeres Políticas Mexicanas, convocado por la Red Nacional de Mujeres Defensoras de la Paridad en Todo. Su encuentro nos recuerda que existe una causa que nos une y una historia que todavía estamos escribiendo juntas.

Gracias a Josefina Meza y a Mónica Mendoza por la invitación, y a todas las maravillosas asistentes, organizadoras y ponentes por mostrar que la fuerza de las mujeres no está solamente en lo que cada una puede alcanzar, sino en todo lo que somos capaces de transformar cuando caminamos juntas.

Porque la mejor manera de honrar a las que fueron es trabajar por las que somos y seguir abriendo camino para las que vendrán.