Años 70 con el PCM: tiempos de ideales

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Por Uriel Flores Aguayo

Hace 50 años (1976) participé en la campaña electoral del partido comunista mexicano que llevaba como candidato presidencial  a Valentín Campa, heroico líder ferrocarrilero. Fue una elección atípica en la que únicamente un candidato tenía registro y apareció en la boleta: José López Portillo, postulado por el PRI y aliados (PARM y PPS). Se debe anotar que el gobierno federal era el organizador de las elecciones. El PAN no participó por problemas internos. El PCM postuló a Campa como candidato sin registro pidiendo cruzar el espacio indicado en la boleta. Se llegó a decir que obtuvo un millón de votos. Fue una iniciativa disruptiva en la línea de obtener sus derechos políticos. De esa experiencia viene todo el proceso democratizador en nuestro país. Dio inicio la ruta de las reformas electorales, el pluralismo partidista, la alternancia política, la transición democrática que nos llevaron al momento actual.

Yo andaba en los 17 años; junto a un grupo de amigos, un poco por aventura y otro tanto por ideas justicieras, nos fuimos al puerto de Veracruz a preparar el mitin de Campa, que debe haber tenido lugar en el mes de mayo. Nos coordinábamos con Ernesto Fernández Panes, finado, modelo de ciudadano comprometido con causas superiores, y Donato Flores Soto, vigente, que hacía trabajos de organización. Y sí fue una aventura. Anduvimos con casi nulos recursos, apoyados por algunos compañeros, entre ellos el abogado Martín Menguele y Rafael Covarrubias, pero especialmente Don Saturnino, jubilado ferrocarrilero, que nos proporcionó un pequeño cuarto para pernoctar por los rumbos del mercado “Zaragoza”, casi frente al parque donde se encuentra una estatua de “Miguel Hidalgo”.

El calor era extremo y hacíamos la promoción en condiciones precarias, sin vehículo, con pintura de agua, algunos volantes y el periódico “El Machete” que ofrecíamos por cooperación voluntaria para juntar algunos pesos y poder comer en el mercado principal. Supongo que la edad y las amistades fueron razón suficiente para hacer una labor que tiene mucho de audacia. El misterio de la propaganda soviética y china, la buena fama de la revolución cubana, el reciente golpe de Estado a Allende y los movimientos en Centroamérica también hacían su labor influyente en nuestro ánimo. Pensábamos que estábamos haciendo la revolución; no nos veíamos en la magnitud real que teníamos: testimoniales, marginales y propagandísticos.

Visto en perspectiva, sin embargo, el tesón del PCM y de hombres extraordinarios como Campa abrieron un proceso que terminó derribando al partido de Estado y logró elecciones libres. No es, por tanto, menor el aporte del viejo PCM, que para ese entonces se alejaba del dogmatismo marxista y de la influencia del PCUS. Hay que anotar lo siguiente: el PCM obtuvo su registro para participar legalmente en las elecciones intermedias de 1979; ese mismo registro lo cedió primero al PMS y, después, al PRD.

Sin duda, tanto mis compañeros -nos dábamos trato de camaradas- como yo vivimos una experiencia que nos marcó para siempre, forjó nuestro carácter y nos permitió saber lo que era la entrega incondicional a unos ideales de justicia de los que apenas comprendíamos un poco. Imagínense andar pidiendo votos para un partido y un candidato sin registro, ahora parecería una locura; imagínense participar en una campaña donde únicamente un candidato aparece en la boleta. Se aplicaba el dicho de que “la ignorancia es atrevida” o la tesis de Gramsci del “optimismo de la voluntad”. Enorme entrega, hombres y mujeres valientes, especiales, de causas e incondicionales con sus ideas; esos eran los militantes del PCM. Esa es la palabra a destacar y comparar con lo actual, éramos militantes, no miembros de partido.

Haberlo vivido es un privilegio para mí, me permite una mirada serena y madura al romanticismo de esos tiempos y al pragmatismo posterior. Cada época tiene sus formas, cada formación política se define ante la coyuntura o la historia, cada quien asume su responsabilidad. Sí creo que muchos deben trabajar bastante en términos de identidad para ser auténticos y no devenir en caricaturas. Este testimonio es personal, desde luego, pero sirva para dar brillo a la memoria de un Arnoldo Martínez Verdugo, un Valentín Campa y un Ernesto Fernández Panes, entre otros.

Habrá a quienes les parezca que estoy hablando de la prehistoria, y sí, eso es más o menos en materia de libertades democráticas. Es importante, considero, saberlo para ubicar de dónde viene todo y aprender de lo que aportaron esos compañeros.

Más del 76: huelga en AU. Sobreviviente

El 9 de agosto de 1976 fue atacada con armas de fuego la huelga de los trabajadores de la empresa de Autobuses Unidos (AU). Pistoleros de la zona de Almolonga y pandilleros traídos del DF llegaron casi de madrugada con la intención de acabar violentamente con la huelga que tenía lugar en la terminal de la empresa ubicada en la calle Revolución de la ciudad de Xalapa. Aparecieron por sorpresa y desde la entrada hicieron fuego con pistolas. Los trabajadores y algunos activistas que los acompañaban hicieron barricadas con las sillas de las salas de espera; esos obstáculos los deben haber detenido una media hora, lapso en el que no se presentó la policía con todo y que los hechos tenían lugar en  una zona céntrica.

Hubo varios heridos y un muerto, el chofer Armando Chimal. Finalmente los atacantes lograron entrar a la terminal mientras los ocupantes saltaban los altos muros para huir entre las cuarterías de la calle Clavijero. Aunque tarde, la policía logró aprehender a varios criminales, ahí se supo su identidad. Al otro día se organizó una masiva marcha de protesta con los trabajadores y estudiantes de Humanidades de la UV, exigiendo justicia y cese del director de Seguridad Pública. En esa huelga, difícil de concebir en estos tiempos con ese desenlace, participaron solidariamente algunos militantes del PCM y la ACOE, una activa organización social que realizaba una comprometida y valiente labor con campesinos y estudiantes.

Yo estuve ahí, fue una experiencia fuerte, sumamente peligrosa, en la que, sin conciencia plena de los riesgos, te jugabas la vida. Fui uno de los heridos de bala. Eran tiempos de activismo social, de ir a toda lucha que apareciera, pensando en la organización popular y la creación de conciencia para lograr la justicia y lo que pensábamos podía ser la revolución. Era una lucha con pruebas de fuego, incondicional, sin afán político o mercantil. Se hablaba de lucha de clases, eran los conceptos dominantes. Se militaba en el activismo.

Eso y más ocurrió en Xalapa y Veracruz, con casi nulo registro en la memoria colectiva, costando mucho trabajo para que tenga un lugar de referencia. En estos días que se habla con cierta ligereza de iconos de acciones reales o imaginarias, de ciertas ideas que generalizan como de izquierda, hay que rescatar nuestra historia en esos procesos sociales de movilización sindical, obrera, popular y estudiantil que tuvieron lugar en Xalapa, para entender el momento actual y plantearnos los mínimos de identidad y sentido de lucha.

Ese activismo de hace 50 años tuvo un contexto histórico, por eso es irrepetible en sus términos; copiarlo puede derivar en caricaturas. Aprendí ahí a valorar estar vivo, asumiendo tener una segunda oportunidad de vida hasta la fecha. Soy sobreviviente.