La voz que una bala no pudo apagar

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Hay crímenes históricos que se cometieron para callar una voz, pero  es tan grande su eco que terminan multiplicándola hasta transformarla en un clamor universal. Decir noventa años se dice rápido, con esa ligereza que da la distancia del calendario, pero la sombra y la luz de Federico García Lorca siguen vivas, ardiendo con la rabia y la misma belleza que cuando la intolerancia fascista decidió segar su vida en aquel barranco de Viznar en 1936.

A Lorca no lo fusilaron por azar, ni por ser una víctima más de la vorágine ciega de una guerra. A Lorca lo mataron por tres razones que la España reaccionaria no podía tolerar: por ser un genio transformador del arte, por su homosexualidad vivida sin rodeos y por su abierta simpatía con la República y con los desposeídos. Su libertad incomodaba, molestaba que le diera voz a las minorías oprimidas, a las mujeres encorsetadas por la misoginia y al dolor de los marginados. Molestaba que su teatro fuera un grito por la libertad, contra la hipocresía social y que su poesía fuera tan honda que se sonara pueblo.

Reconocer que, a casi un siglo de su asesinato, el planeta entero rompa el silencio para recordarlo no es únicamente un acto de nostalgia; es una respuesta política y cultural. Desde Montevideo hasta Madrid, pasando por Granada y Caracas, la geografía que García Lorca caminó, y la que soñó,  se llena de ópera, flamenco, investigación y memoria.

Resulta conmovedor ver cómo América Latina, ese continente que lo acogió con pasionales abrazos, sigue latiendo a su ritmo. Lorca no fue un poeta español; fue un espíritu itinerante. Su paso por América dejó una huella imborrable. De la conmoción neoyorquina que inspiró la creación de Poeta en Nueva York al idilio teatral en el Río de la Plata y su constante romance con la cultura hispanoamericana, el andaluz entendió que la verdad del arte no tiene fronteras. Y aunque su caminar no llegó a México, la devoción mexicana por su figura ha sido histórica, aquí su dramaturgia y su lírica se han encarnado como si fueran propias, porque en nuestra tierra sabemos nombrar lo que duele, lo que incomoda y lo que arde.

La vigencia de su testamento dramático, como la Casa de Bernarda Alba que sigue resonando en los escenarios del mundo, reside en su negativa rotunda a dejarse silenciar. En un presente donde las fuerzas de la intolerancia, el odio a la diversidad y el autoritarismo intentan asomar la cabeza en distintos rincones del mundo, la figura de García Lorca se erige como ejemplo de resistencia y congruencia. Escribir con el cuerpo, poner la sensibilidad por delante y negarse a ser amordazado es la verdadera enseñanza del poeta.

En estos días, mientras las guitarras suenan en el Generalife, los archivos en Madrid abren sus entrañas y los escenarios de América recrean su obra, se pone de manifiesto el fracaso absoluto de sus verdugos. Quisieron enterrar a un hombre y sembraron una semilla, la bala cortó su respiración a los 38 años, pero noventa años después, la voz de Federico García Lorca sigue siendo un torrente vivo, una corriente imposible de contener.