¡Sonrían, aquí no pasa nada!

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Por Lyneth Santiago

México está de fiesta. Al menos eso es lo que nos dicen. Las pantallas muestran estadios llenos, ceremonias espectaculares, turistas maravillados y funcionarios sonrientes presumiendo al mundo la capacidad del país para organizar uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. Durante semanas, el discurso oficial ha insistido en la misma idea: el Mundial representa una oportunidad histórica para proyectar una imagen positiva de México ante la comunidad internacional. Pero está más que claro que no se pueden cubrir con el dedo problemas que llevan DÉCADAS existiendo.

Ajolotizar la ciudad, pintar una imagen diferente a lo que realmente es México, cubrir las zonas de escasos recursos… nada de eso sirve, porque cuando un pueblo decide hacer algo, ni el mayor esfuerzo para esconder la realidad, sirve.

Oh, nuestro querido México, apostando más a lo internacional, que a lo nacional.

Sin embargo, mientras los reflectores apuntan hacia el espectáculo, las calles cuentan una historia muy distinta, la gente grita, pide auxilio, porque cuando la justicia no cumple, las manifestaciones no son un capricho, son un DERECHO.

La megamanifestación que ha tomado espacios importantes de la Ciudad de México no es una coincidencia ni un simple acto de oportunismo político. Es la consecuencia de años de frustración acumulada, de demandas ignoradas, de desapariciones, de feminicidios, de abusos y de ciudadanos que entienden perfectamente que, cuando el mundo mira hacia México, también es el momento ideal para mostrar aquello que normalmente permanece fuera de cámara, aquello que se oculta.

Las familias de desaparecidos, los docentes inconformes, los trabajadores organizados y diversos colectivos sociales no buscan competir con el futbol. Buscan aprovechar la atención internacional para recordarle al gobierno que existen problemas que siguen sin resolverse y que claro, son más importantes que cualquier juego de pelota. Y es precisamente ahí donde aparece la contradicción más grande de este Mundial.

Por un lado, se nos presenta un país moderno, exitoso y preparado para recibir a millones de visitantes. Por el otro, miles de personas sienten la necesidad de salir a las calles para exigir respuestas que llevan años esperando. Dos realidades que no solo conviven, sino que compiten en el mismo espacio, pero que desde el poder parecen empeñarse en mostrar como si una pudiera cancelar a la otra.

Resulta inevitable preguntarse cuánto esfuerzo se ha invertido en garantizar que la imagen del país luzca impecable ante las cámaras internacionales. Los operativos de seguridad, las rutas blindadas, las zonas controladas y la vigilancia reforzada parecen responder a una preocupación constante: evitar que la protesta opaque la fiesta. Pero esa lógica parte de una premisa equivocada. La protesta no es el problema. El problema es aquello que se protesta.

Pero claro, hablemos de todas esas veces que cuando sucede un asesinato, una desaparición, un feminicidio, etc., las autoridades correspondientes tardan HORAS en llegar o hacer su trabajo, porque es más importante presentar una imagen impecable, que hacerse responsable de los problemas que hay.

Durante décadas, los gobiernos han entendido el valor político de los grandes eventos internacionales. Un Mundial, unos Juegos Olímpicos o cualquier espectáculo global permiten construir narrativas de éxito, progreso y estabilidad. Son escaparates cuidadosamente diseñados para proyectar una versión idealizada de la realidad nacional. El problema surge cuando la distancia entre esa imagen y la vida cotidiana de millones de personas se vuelve demasiado evidente.

Mientras se habla de turismo, inversión y prestigio internacional, hay familias que siguen buscando a sus desaparecidos. Mientras se celebran las cifras de visitantes extranjeros, hay ciudadanos que consideran que sus derechos laborales han sido ignorados. Mientras los discursos oficiales presumen unidad nacional, las calles reflejan un profundo descontento social. Mientras se celebra el mundial y se ignora todo lo que sucede a las afueras del estadio, un promedio de más de cuarenta y dos personas desaparecen al día en el país (esto de acuerdo con datos de 2025 del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas).

Pareciera existir una obsesión por administrar la percepción antes que resolver las causas del malestar. En lugar de preguntarse por qué miles de personas consideran necesario manifestarse durante el evento más importante del año, algunos sectores del poder parecen más interesados en evitar que esas imágenes circulen. Como si el problema fuera la visibilidad de la herida y no la herida misma.

La historia demuestra que los conflictos sociales no desaparecen porque se oculten de las cámaras. Tampoco desaparecen porque se les etiquete como intentos de sabotear una celebración nacional. Las demandas siguen existiendo cuando termina el partido, cuando se apagan los reflectores y cuando los turistas regresan a sus países. Lo único que cambia es que dejan de ocupar titulares y noticias sensacionalistas.

Por eso resulta difícil no ver esta situación como un intento de construir una narrativa paralela. Una donde el éxito organizativo del Mundial se presenta como prueba suficiente de que el país avanza en la dirección correcta. Una donde las manifestaciones son tratadas como una nota al margen en lugar de como un síntoma de problemas estructurales. Una donde la imagen internacional parece importar más que las exigencias de quienes viven aquí todos los días.

Nadie discute que el Mundial sea una oportunidad importante para México. El futbol es una pasión legítima que une a millones de personas y genera momentos inolvidables. El problema comienza cuando la celebración se convierte en una herramienta para distraer la atención de cuestiones mucho más profundas. Cuando la fiesta se utiliza como una cortina para cubrir aquello que resulta incómodo. Cuando la prioridad deja de ser resolver los problemas y pasa a ser impedir que se hablen de ellos.

La verdadera grandeza de una nación no se mide por la espectacularidad de una ceremonia de apertura ni por la cantidad de turistas que recibe durante unas semanas. Se mide por su capacidad para enfrentar sus problemas con honestidad, por su disposición a escuchar a quienes exigen justicia y por su voluntad de responder a las demandas de la sociedad incluso cuando esas demandas resultan incómodas. Se mide por el valor de no repetir una historia.

Porque cuando termine el Mundial, cuando los estadios vuelvan a vaciarse y las cámaras internacionales se marchen, México seguirá siendo el mismo país que hoy intenta mostrarse al mundo. La diferencia será que ya no habrá una fiesta capaz de competir con las voces que siguen exigiendo respuestas.

Y entonces quedará claro que ningún espectáculo, por grandioso que sea, puede ocultar indefinidamente aquello que una sociedad se niega a olvidar. Porque las luces del estadio iluminan por unas horas, pero las deudas pendientes de un país, en cambio, permanecen mucho después de que termina el partido.

México lindo y querido, dolido, desaparecido, ¡maquíllate!, que por más que lo hagas, el pueblo no va a callar más.