Por qué leer es un acto de resistencia

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Dicen que quien lee vive dos veces y durante la lectura de un libro, uno tiene la extraña sensación de que, efectivamente, la vida se ha multiplicado; que nuestras fronteras físicas se han vuelto permeables y que el tiempo, lejos de agotarse, se expande hacia lugares insospechados. El 23 de abril, en un mundo que a menudo nos exige inmediatez y consumo digital voraz, vale la pena detenerse a celebrar el libro como el refugio más seguro de la libertad humana.

La historia de esta celebración tiene el encanto de lo inesperado. Nos remonta a los inicios del siglo XX, cuando la pasión por las letras buscaba un día para hacerse festiva y colectiva. Fue el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés quien, desde la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, propuso en 1923 una fecha para honrar tradición literaria. La idea fue acogida con tal entusiasmo que, en  1926, el rey Alfonso XIII daba su aprobación oficial.

El 23 de abril se eligió como Día Internacional del Libro por su carga simbólica poderosa, esa es la fecha en la que, en 1616, fallecieron tres gigantes de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. A ellos se suman otras plumas memorables que nacieron o partieron en dicho día, como Vladimir Nabokov, Maurice Druon y Manuel Mejía Vallejo. Por ello, la UNESCO hace una invitación permanente: alentar a las nuevas generaciones a descubrir el placer de la lectura y reconocer en el autor a un constructor del progreso cultural.

El Día del Libro es una raíz que se entrelaza con la tradición de San Jorge, patrón de tantos pueblos y naciones. Donde la costumbre de intercambiar un libro y una rosa existe un recordatorio de que la cultura es, al mismo tiempo, alimento para el alma y una ofrenda para quien amamos.

No obstante, más allá de la romántica historia y las flores, hoy tenemos  que mirar la lectura desde una trinchera distinta: la lectura como un acto de resistencia.

En un presente marcado por el ruido constante, por el algoritmo que intenta predecir qué queremos, qué pensamos y qué debemos sentir, abrir un libro es un acto de desobediencia civil. Leer es resistirse a la simplificación, al pensamiento único y a la erosión de nuestro criterio. Cuando nos sumergimos en las páginas de una novela, un ensayo o un poemario, estamos ejercitando nuestra capacidad crítica, nuestra empatía y, sobre todo, nuestro derecho a cuestionar lo establecido.

Finalmente, los libros nos regalan la libertad más pura: la de ser otros, la de vivir en tiempos pretéritos o futuros, la de entender realidades que jamás habríamos pisado. Un lector no es un individuo fácil de dominar, porque ha visto tantas vidas y ha visitado tantas mentes que sabe que la realidad es, siempre, mucho más amplia de lo que nos presentan.