Los votos como moneda de cambio
Por Javier Solórzano Zinser
Tiene razón el PT cuando refiere que el Gobierno y Morena buscan el régimen de partido único. Quién sabe si siga pensando lo mismo con el Plan B, pero hay evidencias de que ronda la idea de que para allá vamos. La cuestión ahora es si el PT lo sigue pensando o si ya cambió de opinión.
Desde 2018 el gobierno y su partido han venido estableciendo reformas en donde igual se apunta al planteamiento de la austeridad como pretexto que a la búsqueda de condiciones distintas desde la perspectiva política para el país. Sin embargo, la forma en que están haciendo las cosas tiende a concentrar el poder, sin importar el desarrollo de la sociedad en términos de su pluralidad.
No hay la menor duda de que estamos bajo un nuevo régimen. Las elecciones del tsunami que le ha pasado por encima a la oposición han permitido reformas y cambios sustantivos que serán muy difíciles de cambiar en el mediano plazo, se tiene que insistir y asumir que con Morena el país ya es otro del que teníamos antes del 2018.
Somos un país que con todas las contradicciones que pudiera tener, se había fortalecido en lo democrático y en su civilidad por la vía de la diferencia de opiniones, que por principio enriquecen el camino para instrumentar la democracia, por más imperfecta que sea.
Parte de la estrategia ha sido desacreditar en todos los niveles, lo que se hizo en el pasado. Quizá piensan que reconocer las muchas virtudes que se fueron construyendo durante décadas, colocan en cuestionamiento las ideas que tienen sobre lo que debe de ser la transformación.
En algún sentido sorprende que desde la Presidencia se estén buscando caminos para concentrar el poder. Muchos de quienes encabezan el gobierno crecieron de la mano de las luchas políticas que enarbolaban por la pluralidad, la democracia y, sobre todo, por la búsqueda de consensos para la participación de la ciudadanía.
Esto fue lo que durante décadas impulsaron. Muchas de sus ideas son parte central del desarrollo democrático del país con todos los problemas que se han venido presentando. Por más que el PRI haya abierto las puertas para escuchar todas las voces y, sobre todo, aceptar los cambios como una forma de sobrevivencia. Muchas de las cosas que sucedieron a lo largo de décadas tienen que ver con el consenso que se logró establecer entre los partidos gobernantes y la oposición.
Es cierto que el modelo estaba totalmente desgastado, pero también es cierto que para desarrollar nuevas estrategias democráticas y electorales el cambio partió del consenso. Es la primera vez que estamos ante una reforma emanada desde el poder en que no se toma en cuenta a la oposición y se desarrolla sin consensos. Todas las propuestas de reforma anteriores partieron de exigencias de la oposición.
Desde que llegó López Obrador a Palacio Nacional nos fuimos dando cuenta que mucho de lo que había prometido en campaña, incluso como presidente electo, no lo iba a cumplir. Se sumaron un cúmulo de promesas que no tenían absolutamente nada que ver con el proyecto que “vendió” sobre la gobernabilidad que iba a instrumentar.
El único margen de maniobra que tiene la oposición está en las urnas, la cual ha estado ausente y en el proceso de la reforma electoral auténticamente nadó de muertito, confiando en que los aliados de Morena rechazaron el proyecto porque es claro que no los voltean a ver.
Ahora que está el Plan B no se sabe qué tanto el PT y el Verde lo apoyarán, el cual de nuevo requiere de mayoría calificada para entrar en un capítulo más de los votos como moneda de cambio.
Los cambios se van a dar. El oficialismo podrá seguir peleándose, al final se entenderán porque el asunto tiene a los votos como moneda de cambio.
RESQUICIOS.
No es la primera vez que una alta autoridad de España reconoce los “abusos cometidos durante la Conquista”. Parece que en esta ocasión hacen acuse de recibo como no lo habían hecho antes, ya hasta invitamos al rey al Mundial.