Por Darío Fritz
Diez horas de fiesta se escurren en la memoria con la brevedad con que el agua se vacía del cuerpo al emerger en una alberca. Pero diez horas detenido, pasadas entre policías y preguntas que cuestionan por un delito, no se olvidan nunca. A no ser que sea habitué de esas situaciones. Y en el caso de Andrew Mountbatten-Windsor no lo ha sido, aunque si la justicia tuviera otros equilibrios que le hacen falta a la hora de tratar entre ciudadanos comunes y aquellos que se saben poderosos, otro sería el cantar en su caso.
El expríncipe Andrés de Inglaterra no se debe olvidar de tantas fiestas de diez y más horas que haya pasado en casa de su amigo Jeffrey Epstein algunas décadas atrás, donde prevalecían el sexo, chicas menores de edad y drogas. Como tampoco podrá olvidar sus poco más de diez horas en la comisaría de Norfolk, Inglaterra, a donde le llevaron esta semana. Simplemente, porque una cosa lleva a la otra. De esa relación con el pederasta Epstein nace la peor de las debacles personales que hasta le han hecho perder el título nobiliario de príncipe –y con ello suculentas pérdidas económicas –, así como mayor desprestigio a la monarquía a la que pertenece. Andrés suda de susto tituló el diario The Sun –durante la guerra de Malvinas en 1982 dijo que había perdido ese mecanismo de regulación de la temperatura corporal –, luego de vérselo recostado el jueves en el asiento trasero del auto en el que se retiraba de la comisaría.
Pero el expríncipe puede estar tranquilo. Tal cual suele pasar entre tantos de su prosapia, no se le está investigando por sus juergas donde hubo abusos y explotación sexual, como lo denunciara Virginia Giuffre, a quien debió resarcir económicamente en 2022 luego de un acuerdo extrajudicial. Andrés lleva la carga de lo intrascendente para el tamaño de sus fechorías que tuviera el mafioso Al Capone, condenado por evasión de impuesto, nunca por crímenes. En su caso, solo tiene deudas con la justicia por un posible caso de mala conducta en un cargo público entre 2001 y 2011 por el que habría entregado a Epstein información confidencial para hacer negocios.
Las redes que involucran a políticos, gobernantes, financieros, empresarios y hasta gente vinculada al mundo cultural y científico, existen y se dan casos de connivencia claramente demostrados como en Jeffrey Epstein y su novela aterrizada al mundo real desde el influyentismo a los abusos sexuales a menores. Ni siquiera una condena a 18 meses de prisión como delincuente sexual –solo cumplió 12 y con la mitad del día en la cárcel– atemperaron tantas amistades de círculos de privilegio donde las pestes sociales no existen.
Las leyes forman parte de un pacto de convivencia, que más bien que mal, nos regulan para no sucumbir en la violencia. Pero tienen puntos oscuros que desde la pertenencia social y las cuentas bancarias acumuladas se pueden transgredir y a la vez convertir en justicia para unos, únicamente. Días atrás se supo de uno más en San Luis Potosí, que hace a la regla del poder de los Andrew Mountbatten-Windsor. Un integrante de la familia Baeza, de las más ricas en México, propietaria de Grupo Bafar, fue denunciado por la violación de una chica en un hotel de San Luis Potosí. Cuando se hizo la denuncia, aunque fue de inmediato, el acusado fue liberado por un supuesto fallo en el procedimiento de detención. Los vínculos entre los abogados de Baeza, el gobierno de San Luis Potosí y la fiscalía estatal, impiden que se haga justicia, acusa la defensa de la chica.
El Estado también es parte de esos mecanismos de arbitrariedades. Basta con ver las estadísticas de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) para conocer cuántas instancias civiles o policiales y militares se niegan a asumir responsabilidades por delitos cometidos. Tan solo en el último trimestre de 2025 registró 4,917 quejas. Quejas por las que la comisión intervendrá para resarcir económicamente a las víctimas en algún momento.
En tiempos de la Roma Antigua, los ricos tenían esclavos y tierras, pero también clientes que todos los días asistían a rendirles una pleitesía a cambio de salario o alguna otra forma de pago. Luego serían los primeros serviles a las necesidades de ese patrón. Nada se modifica, aunque formas y dinámicas cambian. El trasfondo de la impunidad para el poderoso, ya sean vínculos sociales y esencialmente dinero, sobrevive inalterable.