Quebradero

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Chiapas, pérdida de territorio y ciudadanos

 

Por: Javier Solórzano Zinser

El movimiento zapatista puso a Chiapas a la vista de todos. Lo sucedido en 1994 es uno de los momentos más importantes en la historia reciente del país.

Chiapas su historia, orografía y trascendencia indígena apareció ante nuestros ojos a través de un movimiento guerrillero que tenía su esencia en las reivindicaciones indígenas.

El EZLN le cambió la cara al país y al gobierno de Carlos Salinas. La irrupción fue noticia mundial. Chiapas y los zapatistas fueron durante un buen tiempo eje de los temas del mundo.

Los indígenas habían sido pasados por alto en nuestra historia. El zapatismo los colocó como causa social económica y política central de los muchos problemas que tenía y tiene nuestro país.

Independientemente del desenlace del movimiento zapatista, el cual dejó grandes enseñanzas que se podían apreciar en los libros de texto y en un cambio en nuestra narrativa, Chiapas se convirtió en un estado de referencia para nuestro país y en el centro de atención noticiosa del periodismo mundial.

Los gobiernos y los ciudadanos fuimos conscientes de la deuda histórica ante el indigenismo. Esto, se creyó, tendría que cambiar la dinámica de muchas cosas en el país empezando por la vida de las y los chiapanecos.

Al paso del tiempo las cosas no cambiaron. El estado se convirtió en un botín para la mayoría de los gobernantes, quienes volvieron a ver al indigenismo como parte del folclore de Chiapas y del país. Al mismo tiempo que esto estaba pasando apareció una nueva irrupción, la de los grupos delincuenciales que se fueron apoderando del territorio ante la mirada complaciente y pasiva de los políticos en turno.

La ubicación geográfica de Chiapas es estratégica para la migración y los cárteles de la droga. No es algo que no se supiera ante lo cual poco se hizo como parte de una política federal. Todo fue la disputa por el poder sin que se presentaran proyectos de desarrollo locales que le ofrecieran alternativas a Chiapas y también a los migrantes, quienes en muchos casos han optado por tener a Chiapas y al país como destino.

La brutal violencia que se viene viviendo no es nueva. Es una espiral que se ha enquistado y que además se ha incrementado ante la mirada pasiva de los gobernantes, a quienes bien se les puede aplicar lo que dice el Presidente: gobiernan, pero no mandan.

En medio de la tendencia oficial de minimizar lo que genera problemas, Chiapas está pasando por uno de los peores momentos de su historia. La inseguridad está en casi todo el estado. Los problemas no se circunscriben sólo a la región en la que se van a llevar a cabo elecciones el 25 de agosto por la imposibilidad de haberlas hecho el 2 de junio.

Las dos ciudades grandes, Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de las Casas, han sido alcanzadas por la violencia, particularmente ésta última, la cual es la joya de la corona por el turismo y por sus innumerables atractivos.

No hay día en que no haya un problema que alcance a los ciudadanos. En algunas comunidades indígenas sus habitantes se han tenido que desplazar hacia otras zonas del país, o Guatemala.

Al menos 200 chiapanecos han huido a este país por la violencia. En muchos casos los migrantes también han optado por quedarse en la frontera del lado guatemalteco, donde a pesar de que sus muchos problemas son tratados con respeto y les brindan seguridad hasta donde es posible.

El problema es herencia para el próximo gobernador, a quien ya se le responsabiliza de muchas de las cosas que están pasando, y para la futura presidenta, porque en estos años no se hizo nada en lo local y federal.

En Chiapas los desplazados no paran y además estamos perdiendo territorio y ciudadanos.

RESQUICIOS.

Los Juegos Olímpicos de París están rigurosamente vigilados, se dice que están bajo una bunkerización. Es la mayor fiesta deportiva del mundo, la cual permite una cierta pausa. Seguramente habrá incidentes, pero también habrá muchos momentos para reconciliarse.