Envoltura para papayas

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Por Darío Fritz

Tenemos una existencia tan efímera como la pueden ser las noticias mismas. “La vida cambia deprisa”, arranca el libro de la periodista y escritora Joan Didion, El pensamiento mágico. “La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. En una entrevista reciente, el director del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, Rasmus Kleis Nielsen, sentencia que “buena parte de la audiencia ni siquiera se interesa por lo publicado el día anterior. No hay razón alguna para creer que la gente se va a interesar por lo que se publique mañana”, asegura. ¿Desfallece el periodismo? ¿O se trata de una agotada forma tradicional de contar y acceder a noticias?

Hubo un tiempo en que para enterarse del análisis y la profundidad de las noticias deportivas, así como cocinar un plato tradicional o elaborar un vestido, las publicaciones que lo relataban llegaban una vez por semana a los pueblos por el autobús que recorría localidades sobre caminos polvorientos o en uno de los dos trenes semanales. También podía llegar allí los periódicos y se leían aunque fueran noticias viejas, es decir de dos días atrás. Después, aquellas publicaciones ya añejas ocupaban los mostradores de verdulerías, panaderías, tiendas de abarrotes, y cumplían su segunda tarea para la que estaban preparadas, la envoltura de papayas, trozos de queso o vasos de vidrio. Ayer como hoy, a las audiencias poco les interesa la permanencia de lo que se hace en el periodismo, es decir los hechos aunque se retengan en la memoria. El análisis de este profesor danés, que no es periodista, resulta un reto para el ejercicio de quienes a diario queremos contar historias desde esa bonita palabra: “periodismo”, pero que cada vez parece ocupar un anaquel de excelsos recuerdos en lugar del sitio ilustre del reconocimiento ciudadano.

El periodismo se desvanece, explica con argumentos, ante las alternativas tan diversas que ofrece el mundo digital para la información de las audiencias. La lectura de periódicos ha disminuido en México 31.6 puntos porcentuales desde 2015, al pasar de 49.4 % de la población lectora a 17.8 % en 2024. Las audiencias tienen tantas opciones para ir a las fuentes de la información -pocas provenientes de medios de comunicación tradicionales (periódicos impresos o digitales, radio, TV)- que ya no lo necesita. Los interesados en difundir sus atractivos personales ya no van a ellos. El político, gobernante o líder en alguna actividad, que tanto ha detestado históricamente al periodismo, ya no lo requiere como lo fue anteriormente porque sabe que puede llegar por otros lados a quien quiera. Una red social, pagar por algoritmos que los tengan presentes, un influencer.  Hoy, una cuenta en X, de Leonel Messi, Taylor Swift o López Obrador tiene más de miles de seguidores que el más trascendente de los medios de comunicación tradicionales. ¿Para qué depender de una periodista que pueda hacer preguntas incómodas y cuyo alcance es menor al propio? Incluso entre aquellos que sin siquiera alcanzar el rótulo de estrellas mediáticas pueden llegar a mayores audiencias que la de los destronados medios tradicionales.

Existe también, dice Nielsen al diario El País, una comprobada apatía, traducida en hartazgo -un tercio de la población- por darle seguimiento continuo a la avalancha diaria noticiosa, así como una división entre públicos muy formados intelectualmente y de alto poder adquisitivo y otros populares que hace que la calidad de la información también genere desigualdad. El periodismo se construye sobre la base de contar tragedias y escaso interés por la solución de los problemas, agrega. Se amolda al poder de turno y por lo tanto queda desacreditado como opción ante los poderosos, y no se actualiza sobre los intereses de los jóvenes quienes deberán ser sus futuros consumidores.

El periodismo, tan tentado a repetir el modelo desgastante de la inmediatez de las redes sociales y reemplazado por las noticias falsas, debería regresar a esos orígenes de la información que consumíamos una vez por semana atrapados por su calidad, y dejar los tantos nichos de lo cotidianos a otros subyugados por el paso efímero de la noticia que ya ni alcanza para envolver papayas. “Sólo el hombre que agoniza sabe cuánto tiempo le queda”, se dice en el poema épico del siglo XI, el Cantar de Roldán.  “Cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodino que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable”, definió Didion. De repente ya no seremos nada.

@DarioFritz