Quebradero

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Días bravos

Por Javier Solórzano Zinser

Hace como dos años conversando con uno de los llamados “duros” de la 4T nos decía que lo que estaba haciendo el Presidente no era otra cosa que lo que prometió y lo que el “pueblo” quiere.

Muchas decisiones que se están tomando, nos decía, vienen de un proceso electoral legítimo. El Presidente está haciendo lo que dijo que iba a hacer, no se sorprendan no hay trampa detrás de todo esto.

López Obrador ha puesto en buena medida sobre la mesa lo que prometió. Como hemos mencionado en otras ocasiones, el reto del tabasqueño está desde hace tres años, porque tiene que mostrar en los hechos y en el día tras día su efectividad.

Una cosa es lo que nos plantea el Presidente y otra cosa es lo que se sigue viviendo en la cotidianidad de la sociedad. Cuando el Presidente dice que se acabó la corrupción hay evidencias de que no es así. El peso del discurso puede llegar a rebasar en el imaginario colectivo a la terca realidad, la cual tarde que temprano lo puede alcanzar y alcanzarnos.

La verdadera prueba de fuego para el Presidente vendrá cuando acabe su sexenio. Lo que pase determinará la trascendencia de un proyecto y una apuesta que hizo la sociedad por un cambio. En el camino, de manera particularmente importante, va a estar también el futuro de a quién ha perfilado como su sucesor.

Lo que está en juego no es sólo el proyecto del Presidente, está el presente-futuro de millones de personas a las cuales se les ofreció un proceso de cambio y transformación; el tiempo viene correteando a López Obrador desde hace tres años.

Uno de los asuntos de mayor importancia, el Presidente se refiere regularmente a éste, es la transparencia y la rendición de cuentas, en el cual prevalecen más los dichos que los hechos.

El Presidente insiste en que todo lo que se hace está abierto al escrutinio; sin embargo, de manera regular surgen cuestionamientos sobre la forma en que se gestionan las políticas públicas; el asunto más reciente es la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles.

Del otro lado están los terrenos de la política y su relación con los actores sociales, por ahora de manera contundente el tabasqueño ha tenido y sigue teniendo la sartén por el mango. Empero, en las últimas semanas hemos visto al mandatario molesto reaccionando en ocasiones de manera poco prudente y sin razonar algunos de los asuntos que han terminado por tener un impacto en la opinión pública, por más que se remitan al círculo rojo.

Las respuestas de bote pronto van a tener tarde que temprano repercusiones. En muchos casos el Presidente plantea opiniones y juicios sobre ciertos temas a los cuales no responde, lo que lo lleva a meterse en terrenos como si la vida del país empezara a partir de su llegada a la Presidencia, pasando por alto las muchas cosas que se han hecho, lo que incluye trabajos periodísticos que fueron importantes para que tuviera espacios de expresión.

Parece ser que a López Obrador hay temas que de plano le molestan, lo que lleva a respuestas o comentarios en que prevalecen el enojo más que el razonamiento. Está a la vista que muchas de las críticas hacia él tienen intereses definidos, también es cierto que en muchos otros casos la crítica, los reportajes y la información pasan por procesos escrupulosos y merecen la atención.

El reportaje sobre su hijo merece una lectura detallada, porque tiene muchas vertientes, las cuales se plantean como procesos a investigar. El Presidente acabó leyéndolo como un ataque y no como una pieza informativa, la cual forma parte de la cotidianidad periodística.

En este sentido el lance con Carmen Aristegui y Proceso tiene una mala lectura presidencial.

Vienen días más bravos.

RESQUICIOS

Cumple López Obrador tres años de gobierno, los cuales han sido vertiginosos. Lo celebra con un acto en el Zócalo que será seguramente multitudinario, entre convencidos y acarreados. Poco ha importado la cercanía de la cuarta ola y la nueva variante del Covid. Habrá que estar atentos a lo que ve el Presidente y lo que es.

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