La cruzada populista contra la cultura

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Existe un hilo invisible, pero dolorosamente tenaz, que une los territorios de nuestro continente americano. Desde la gélida Patagonia hasta los salones de la Casa Blanca, una sombra de intolerancia se extiende sobre el panorama intelectual y artístico de nuestros pueblos. No se trata de un fenómeno aislado, ni de una anomalía pasajera de la dirección política; lo que podemos reconocer es una ofensiva sistemática y orquestada contra la cultura y la ciencia, ejecutada con frialdad por los gobiernos populistas de turno.

La cultura, ese entramado donde la sociedad reflexiona sobre sí misma, se cuestiona y proyecta sus libertades, siempre se ha considerado incómoda para el poder. En los sistemas populistas contemporáneos, indiferentes a las etiquetas tradicionales de izquierda o derecha, se ha refinado dicha agresión. La cultura no es solo ignorada o infra-presupuestada, sino acosada, estigmatizada y deliberadamente desmantelada.

Resulta imperativo desarmar el maniqueísmo que, con frecuencia, adormece el debate público. Creer que los golpes contra el conocimiento son patrimonio exclusivo de una sola facción política es caer en una trampa retórica. En Argentina, bajo el argumento de la austeridad y la reestructuración del Estado, presenciamos cómo se vacían las instituciones culturales e históricas, reduciendo el pensamiento crítico a un mero gasto prescindible. En el norte del continente hacia los Estados Unidos, presenciamos la quema simbólica y legal de libros en escuelas públicas, la prohibición de discursos sobre la historia racial o de género y el hostigamiento a la autonomía universitaria en nombre de una pureza ideológica nacionalista.

Entre ambos extremos geográficos, el patrón se repite con monotonía. Los líderes de la región han comprendido que para afianzar el relato oficial es indispensable silenciar a los disidentes de la imaginación. Cuando el arte inquieta o la investigación científica desmiente al dogma gubernamental, la respuesta del Estado populista no es el debate, sino la persecución ad hominem, el estrangulamiento financiero y la acusación de elitismo contra creadores e investigadores. En Argentina,  el mecanismo de acoso populista ha llevado al desmantelamiento de fondos de fomento, recortes a institutos científicos y descalificación del trabajo académico.

La investigación, la cultura y el arte, representan una amenaza inherente para las narrativas populistas que se alimentan de posverdades y datos sesgados. De la misma forma, las artes y la literatura invocan la complejidad de la experiencia humana, desafiando la simplificación maniquea del «pueblo contra los enemigos del pueblo».

Al despojar a los centros de investigación de autonomía presupuestaria y al someter la asignación de becas u apoyos artísticos al filtro del servilismo político, los gobiernos populistas convierten la cultura en un instrumento de propaganda.

Sostener que la cultura es un lujo reservado para momentos de estabilidad es desconocer su función esencial en la arquitectura de la democracia. La cultura y la ciencia son la conciencia crítica de una nación. Permitir su deterioro equivale a aceptar un estado de anestesia social donde el poder político está exento de escrutinio.