Los miedos

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Por Darío Fritz

Las resistencias explotan en momentos y lugares impensados, fuera de todo manual político. Los estadounidenses se atrevieron a enfrentar el dominio inglés un día de 1773 cuando unos comerciantes, enojados por la carga impositiva, arrojaron cajas de té al agua en el muelle de Griffin, en Boston. A pesar de las amenazas nucleares y las guerras de espías, el derrumbe soviético se escenificó a partir de unas protestas en Berlín en 1989. La Primavera Árabe de 2010 —la primera rebelión armada en el espacio digital— nació en una ciudad tunecina cuando un muchacho se inmoló por los excesos policiales y el desencanto en las calles se trasladó a los regímenes autoritarios de Egipto, Jordania, Libia o Argelia. El desahucio de una mujer octogenaria en Madrid hace pocas semanas puso de manifiesto el inequitativo acceso a la vivienda en las grandes capitales del mundo. A la par, ante el estallido de la Inteligencia Artificial y su artificiosa amenaza de destruir la humanidad, no han sido gobiernos ni alzamientos sociales quienes le hacen frente, sino los matemáticos, que han levantado su barricada y puesto en su lugar lo que ellos mismos han denominado “una demostración de poder” antes que “rigor académico” de la empresa OpenAI al atribuirse la resolución de 700 problemas matemáticos hasta ese momento irresolubles, como en septiembre lo hizo con Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del Milenio, y la hipótesis de Riemann.

Como si fuera una competencia estadounidense-china por quien instala primero una base en la Luna, OpenAI apostó a la demostración hiperindividualista de lo que puede ser capaz de hacer, y que atiza con sus algoritmos, cuando no hay rigor científico detrás, ni se desarrollan conceptos y teorías, se formulan nuevas preguntas, se unifican áreas diferentes, educa a nuevas generaciones y construye conocimiento acumulativo, como dijo el Mozart de las matemáticas, Terence Tao, firmante de uno de dos documentos que han circulado para parar la pelota del oportunismo de los CEO de Silicon Valley. Mientras la empresa apela a sus recursos mecanizados para hacer saber hasta dónde puede llegar —de paso gana dinero y se publicita—, la comunidad matemática organizada despliega los argumentos racionales para hacer ver que no se vale todo cuando unos pueden más que otros amparados en su poder tecnológico y económico. Producir resultados cada vez más rápido no significa necesariamente comprender mejor el mundo, han advertido.

Los profesionales nucleados en la Asociación de Matemáticas Humanas (AHM) no reniegan de la IA ni la consideran perjudicial para la ciencia, pero ante los límites rojos saltados por OpenAI —Anthropic también está en la competencia por apropiarse de resultados similares—, llaman tanto a sus pares como al público a mirar esas publicaciones con escepticismo y directamente piden a los matemáticos que no colaboren con las empresas de IA. Una confrontación directa de pronóstico reservado.

El dilema al que se enfrentan en la ciencia con la IA se mueve a semejanza de otras áreas donde hay razones éticas, económicas y laborales que llevan a perjuicios que involucran al resto de la sociedad. En el periodismo, las desconfianzas y desconocimientos se imponen, como lo dice el Digital News Report 2026 del Reuters Institute, pero también se hallan en la abogacía o la medicina. La IA da miedo. Es óxido, si parafraseamos a la poetisa María Negroni. Penetra, paraliza, se inocula y llama al desencanto y hasta escapar de ella ante la complejidad de conocerla, entenderla y aprender a usarla. Debería ser una herramienta de apoyo, como antes fue el temor a los robots y a la pérdida de empleo a fines del siglo XX, hasta que se comprendió su necesidad y beneficio en procesos de mecanización. El miedo no tiene por qué llevarnos a un lado oscuro, dice la matemática Anabel Forte Deltell, en todo caso, “usarlo como una señal de alarma que nos invite a detenernos, hacer preguntas y tratar de encender la luz”. Nunca desecharnos.