Por Mariana Calderón Aramburu
Para quienes formen parte de Morena, de su entorno político o de la defensa pública de su proyecto, y deban encontrar semana tras semana argumentos para justificar aquello que resulta cada vez más difícil de justificar, se ha elaborado el siguiente manual.
Su objetivo es ofrecer herramientas para una tarea de exigencia creciente. Ante cada nueva decisión, escándalo o contradicción que obligue a explicar lo inexplicable, cuando ya no alcancen el derecho, la teoría democrática ni la voluntad popular, siempre podrá recurrirse a la creatividad.
Regla número uno: nunca discuta el hecho; cambie de tema. Si alguien cuestiona una decisión del gobierno, pregunte qué hizo el PRI. Si la conversación se complica, incorpore al PAN. Y si la evidencia es particularmente incómoda, siempre queda Calderón. La historia, correctamente administrada, puede ser una fuente inagotable de absoluciones.
Regla número dos: los principios dependen de quién gobierne. La concentración de poder era peligrosa cuando la ejercían otros. Desaparecer contrapesos debilitaba la democracia. Someter a las instituciones a las mayorías era autoritarismo. Ahora todo requiere matices. Si los órganos autónomos desaparecen y las mayorías reducen los controles al poder, no se preocupe, señale que estamos ante una transformación del Estado.
Regla número tres: si algo parece censura, búsquele un nombre más bonito. “Protección de derechos” funciona. “Combate a la desinformación”, también. “Derecho de réplica” resulta útil. La ventaja del lenguaje es que permite transformar una restricción en garantía con apenas unas palabras.
Regla número cuatro: la corrupción debe aprenderse a conjugar. La de los adversarios se denuncia. La de los aliados se contextualiza. La de los cercanos exige pruebas irrefutables y sentencia firme. La presunción de inocencia también admite militancia.
Regla número cinco: cuando aparezcan Rocha Moya o Andy, invoque la soberanía y cierre filas. Si el señalamiento viene de fuera, conviértalo en una intromisión inadmisible. Si viene de dentro, denúncielo como un intento de debilitar al movimiento. Lo importante es trasladar la discusión. Ya no se trata de explicar qué ocurrió, sino de defender a México, proteger la transformación o impedir que los adversarios aprovechen el episodio.
Regla número seis: jamás admita una contradicción. Llámela transformación. Si durante 20 años defendió la división de poderes y ahora encuentra razones para debilitarla, no se contradijo, sólo comprendió el momento histórico. Si exigió órganos autónomos y después celebró su desaparición, evolucionó. Si sostuvo que las mayorías tenían límites constitucionales y hoy considera que ganar elecciones autoriza casi cualquier cosa, profundizó su pensamiento democrático.
Regla número siete: niegue, incluso cuando la evidencia diga lo contrario. Si los datos, los documentos o las imágenes contradicen la versión oficial, no se precipite. Siempre existe la posibilidad de que estén fuera de contexto, hayan sido manipulados o formen parte de una campaña. Y si la evidencia sigue acumulándose, mantenga la estrategia. Negar con suficiente convicción puede no cambiar los hechos, pero al menos ayuda a retrasar el momento incómodo de tener que explicarlos.
Regla número ocho: desestime al mensajero; el mensaje es lo de menos. Si la crítica resulta difícil de responder, no responda. Investigue quién la hizo. Si viene de un periodista, cuestione sus intereses. Si viene de una organización, pregunte quién la financia. Y si alguien insiste demasiado, acúselo de formar parte de una red de amplificación digital. La ventaja de desacreditar al mensajero es que evita la incomodidad de tener que discutir el mensaje.
Este manual seguirá incorporando reglas conforme aparezcan nuevas decisiones que justificar. Porque defender lo indefendible está cabrón.