Acumulación

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Por Darío Fritz

Aferrados a lo obvio los sucesos suelen prescindir de la sorpresa. ¿Quién va a creer que detrás de un lunar se esconde un tumor? ¿Quién hubiese pensado una década atrás que debajo de las piedras de un cerro se enclaustran metales preciosos imprescindibles para fabricar celulares, autos o armas y eso genere la amenaza de un gobierno sobre otro? Que el estiércol de las vacas dañaría al medio ambiente. Que un supuesto error arbitral alimentaría la fobia verbal en varios países contra el equipo de futbol beneficiado. A veces es intencionado el recurso de la obviedad, otras una secuencia de concatenación de sucesos imprevisibles. En las mochilas personales de siete mujeres y cuatro hombres, acaban de descubrir en el aeropuerto de Tijuana, el traslado de 165 paquetes de cocaína durante un vuelo proveniente de Guadalajara. La obviedad diría cómo no revisar mochilas. ¿O era obvio que los escáneres no verían nada de lo que siempre ven cuando están encendidos?

Si se puede perforar aduanas con el traslado ilegal de millones de litros de combustible por tierra o por mar, sería obvio que hacer lo mismo con unos ladrillos de cocaína por un aeropuerto no requeriría mayor complejidad. La obviedad de atropellar la ley se hace entonces materia común. Con abogados avispados y contadores ingeniosos se diseña una industria de factureras para evadir al fisco (los daños al sistema tributario alcanzan los 250,000 millones de pesos anuales), en la confabulación entre funcionarios públicos y judiciales, más notarios habilidosos, se hace recurrente el despojo de propiedades (más de 4,000 casos por año), con espaldarazos políticos presidenciales un gobernador evade el banquillo de la justicia, con investigaciones displicentes al organismo nacional de derechos humanos se le hace fácil excusar a militares en la desaparición de 43 estudiantes y denostar a quienes sí investigaron con minuciosidad.

A fuerza de obviedades criminales como esas, la impunidad se despliega petulante (89.42% en 2024, según México Evalúa). Un día los delitos se derrumban porque sus perpetradores se toman la jornada libre para sumarse a la ola entusiasta de furia por el futbol mundialista, y otro las autoridades nos festejan que los crímenes bajan aunque la raya roja de las investigaciones sin resolver (se condena en uno de cada diez casos) y sus autores indemnes, sigue allí imperturbable.

Confrontar con la obviedad lleva décadas acumuladas. Los resultados le dan la razón a la abundancia de desengaños. Cero impunidad se ha anunciado una y otra vez. Quizá nos sirva de prevención aquellas líneas de Carlos Drummond de Andrade: “/desiertas de melodía y concepto,/ se refugian en la noche las palabras/ Todavía húmedas e impregnadas de sueño,/ ruedan en un río difícil y se transforman en desprecio”.