La crisis de la crisis

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Por Francisco Montfort Guillén

El momento mexicano actual ofrece múltiples lecturas. Depende del ángulo que se quiera revisar de la realidad nacional, será la visión que se ofrezca. La más recurrente en los últimos momentos es la crisis de la seguridad. Esta ofrece, además, numerosos aspectos para ser abordada. Desde la vida fantasiosa, miserable y cruel de los bandoleros, hasta las respuestas presuntuosas y tontas del gobierno, lo mismo en discursos que en sus acciones para combatir el caos criminal. En relación con la vida política, está la constatación de la demolición de las instituciones democráticas, carcomidas por la corrupción (las dos principales) y otras organizaciones de plano desaparecidas por obra y gracia del gobierno de Morena. La educación y la salud son dos sectores que muestran la maldad e impericia de las autoridades, con lo cual provocan la destrucción de las instalaciones médicas y educativas y así pervierten la vida de enfermos y estudiantes. El sector energético toca el corazón del impedimento para poder construir nuevas empresas y ampliar la capacidad instalada del sistema productivo actual. La desaparición del sistema de justicia, con la actual fiscalía y esperpento del nuevo Poder Judicial, renovado de manera incompleta, también ofrece factores de investigación para entender la mala situación que vive el país. Y se aparece en el horizonte la crisis financiera y tal vez económica que modificaría, ampliaría y profundizaría las crisis antes expuestas, pues esta desorganización económica afectaría de manera especial a la sociedad y ésta tendría que aparecer nuevamente como un activo actor central para detener las afectaciones mencionadas.

Existe otra enorme crisis y es la existencia de una sociedad que, en su gran mayoría, se ha mostrado conforme con todos los cambios en el Estado. O, por lo menos, no ha salido a protestar por situaciones que le afectan, aunque en ocasiones los sentimientos de desagrado no sean perceptibles de primera mano: la pérdida de instituciones democráticas, o de aquellas que obligaban al Estado a rendir cuentas; el miedo apenas perceptible porque la inseguridad que no se ha cebado personalmente en algún familiar o amistad; la afortunada inexperiencia de tener que lidiar con las fiscalías y con el poder judicial; la posibilidad de procurarse servicios médicos particulares y de enviar a sus hijos a escuelas particulares en cualquiera de los niveles educativos.

La sociedad, o la parte de la sociedad, que podría protestar por la desigualdad económica, por la ausencia de sindicatos libres y defensores auténticos de sus trabajadores afiliados está ausente. No se manifiesta en contra por las estrechas ligas de la oligarquía (los grandes empresarios, o ahora los nuevos empresarios morenistas, que reciben los contratos millonarios del Estado) con la presidencia nacional, los gobernadores, los presidentes municipales o simplemente altos funcionarios de los tres niveles de gobierno y de los tres poderes. Por el contrario, todos estos trabajadores, la mayoría del país, que están con sueldos bajos, desempleados o en la economía informal hoy viven adormecidos por las limosnas que nos ofrece el Estado con sus programas de Bienestar. Además de que sirven para comprar conciencias y votos, los dineros en efectivo disminuyen la presión sobre sindicatos y grandes empresarios para reivindicar sus condiciones de vida. El conjunto de los programas de Bienestar es el nuevo opio del pueblo.

La cuestión central es que cada uno de los sectores de la economía, o sociales, o gubernamentales vive, además de su propia crisis, resultado de la desorganización que en ellos impera, las presiones de la gran crisis. Y esta gran crisis es el desorden en que el Estado ha sumido a toda la sociedad. La crisis de la crisis es el desorden estatal, que impide cualquier reorganización sectorial y, por lo tanto, impide que surjan las emergencias, o sea las nuevas cualidades que provocan el movimiento hacia el progreso.

Para entender el momento actual hay que pensar que todas las crisis sectoriales se están desarrollando al mismo tiempo y están ligadas entre sí y, por lo tanto, resulta imposible reorganizar, es decir, solucionar los problemas en cada una de las partes (o sectores) sin pensar en el todo: la reorganización del Estado. Y aquí, con una estructura bicéfala, una cabeza mirando desde Palenque, y otra mirando desde Palacio Nacional, la solución se esfuma. Quienes están en el poder son ciegos frente a esta complejidad y por esa razón sólo aportan soluciones parciales que pronto encuentran escollos difíciles, cuando no imposibles, de sortear. Si no existe un aparato ordenador de la sociedad, un Aparato de Aparatos que piense, no sólo en términos de poder para acumularlo en su cúspide, sino un Estado que esté dispuesto a ceder parte de su poder a los ciudadanos, sus funcionarios jamás encontrarán una ruta deseable de desarrollo para toda la nación. Si ellos, que se dicen de izquierda, adormecen a las clases dominadas, entonces ellos no encontrarán, jamás, la salida a esta poli crisis, a este enjambre de complejidad, a esta crisis de la crisis.

Por estas razones se puede explicar la debacle moral de la nueva clase dirigente. Sus incapacidades transmiten odios, recelos, burlas en contra de quienes piensan diferente a ellos y por eso los desprecian, insultan y humillan. La consistencia de una nación tiene por base intangibles en la moralidad o ética pública, valor del cual carecen por completo los morenistas. Defender a sus amigos ligados a narcotraficantes, a aquellos funcionarios públicos que les da el carácter de crimen organizado, en lugar de defender a la nación mexicana, nos ofrece un retrato de cuerpo entero de los morenistas y demuestra la crisis moral de su movimiento político.

 

francisco.montfort@gmail.com