Por Carlos Tercero
La política difícilmente puede comprenderse al margen de la geopolítica. El entorno internacional está marcado por la competencia estratégica, la reconfiguración del orden global y la fragmentación de los mecanismos multilaterales, factores que deben considerarse al gobernar, pues ello implica mucho más que administrar lo interno; supone interpretar con precisión la posición de un Estado dentro de un sistema internacional en constante disputa, donde las decisiones no solo tienen efectos domésticos, sino repercusiones que trascienden fronteras.
La geopolítica, entendida como el análisis de la relación entre poder, territorio y proyección internacional, no es un agregado académico, sino una herramienta esencial de gobierno que permite dimensionar capacidades, anticipar riesgos y actuar con sentido estratégico frente a un entorno donde las reglas son cada vez más inciertas. Ignorarla conduce a decisiones reactivas; incorporarla habilita una política exterior coherente con los intereses nacionales.
Hoy, ese entorno se caracteriza por una tensión creciente entre proyectos políticos, visiones del orden internacional y modelos de desarrollo. Como ha señalado el especialista en geopolítica Jorge Miguel Ramírez Pérez, uno de los errores más frecuentes es intentar explicar esta etapa de transición con categorías heredadas de un orden internacional que ya no existe, lo que conduce a diagnósticos imprecisos y decisiones estratégicas limitadas. La reconfiguración del poder global, el cuestionamiento de la hegemonía tradicional y el resurgimiento de liderazgos con inclinaciones unilaterales han debilitado los consensos que durante décadas sostuvieron la cooperación internacional. En ese contexto, la defensa de la democracia se ha convertido en un eje de articulación geopolítica.
La participación de la presidenta Sheinbaum en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona, debe leerse bajo esa lógica. No fue únicamente un foro ideológico, sino un espacio donde diversos líderes buscaron articular una respuesta común frente a las presiones autoritarias y la erosión del orden internacional liberal. La presencia de mandatarios como Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y otros actores relevantes evidenció la intención de construir un bloque con capacidad de incidencia, en un momento en que se discuten reformas a la Organización de las Naciones Unidas y se cuestiona el equilibrio global vigente.
En ese marco, la participación de México adquiere un significado particular y fortalece su presencia internacional al reafirmar su compromiso con principios como la paz, la autodeterminación y la cooperación. Más allá del discurso, el viaje dejó señales políticas relevantes: contribuyó al restablecimiento de la relación con España y posicionó a México como posible sede futura de estos encuentros, lo que implica un reconocimiento de su papel dentro del entramado internacional.
Mientras en otras latitudes se registran tensiones derivadas de decisiones unilaterales, conflictos o disputas geoeconómicas, la articulación de espacios multilaterales alternativos se vuelve una herramienta de equilibrio. La geopolítica no solo se expresa en conflictos, sino también en la construcción de alianzas y agendas comunes.
Para México, cuya posición lo coloca en una intersección estratégica entre América del Norte y América Latina, esta dimensión es particularmente relevante. Su cercanía con Estados Unidos y su integración comercial obligan a una política exterior que combine pragmatismo con diversificación.
El reto consiste en evitar que estos movimientos queden en gestos aislados. La geopolítica exige consistencia, claridad de objetivos y una lectura permanente del entorno internacional. No se trata solo de participar en escenarios globales, sino de traducir esa presencia en influencia efectiva. En última instancia, gobernar en el siglo XXI implica asumir que el margen de acción interno está condicionado por dinámicas externas. La pregunta no es si el país debe insertarse en el debate global, sino si está dispuesto a hacerlo con visión estratégica o a seguir reaccionando a las decisiones de otros.
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