Los laberintos de la adolescencia

Share

Por Darío Fritz

Miramos, y con eso pareciera que podría ser suficiente, como si comprendiéramos de inmediato. Pero ¿qué tanto lo hacemos para entender? Entender y reaccionar, que sería el siguiente paso. Es una obligación para adultos cuando de niños y adolescentes se trata. Ya sea con el de cuatro años que se sabe los caminos en el celular o la tablet para llegar a la adictiva Roblox o a los videos de youtubers que juegan con Legos, pero constantemente envían mensajes de violencia, racismo o misoginia. Y también en el caso de los adolescentes. Sentados en la mesa del comedor o arropados entre las cuatro paredes de sus cuartos a las que los padres solemos desconocer qué se cocina allí dentro, se va desgranando un mundo muy ajeno a nosotros, inmersos en la cotidianeidad, aunque lleguemos a abrigar sospechas sobre ese descenso a un oculto mundo digital.

Osmer H, un chico de apenas 15 años, ha entrado esta semana a su escuela de bachillerato en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y mató de 14 disparos con un rifle semiautomático AR-15 –pudieron ser más si no fuera que solo traía un cargador– a dos maestras. Nadie hubiese tenido la certeza con antelación de llegar a hacer algo así de verlo en su cuerpo espigado y algo desbargado, de cabellos chinos rebeldes y enfundado en ropas oscuras. Pero lo había anunciado esa mañana con antelación en redes sociales apuntando con la misma arma a la cámara y advirtiendo que ese era “el día”. Lo que en él no fue advertido –los testimonios posteriores hablan de un chico retraído, sin aparentes conflictos, aunque habría sufrido alguna experiencia de acoso escolar–, se pudo desbaratar en otro adolescente de 13 años, que cuatro meses atrás en la misma ciudad y a pocas cuadras de su colegio, había alentado con un video a matar profesores de la escuela secundaria Técnica 12.

Solemos ser lentos para reaccionar y adoptar medidas proactivas, aquí como en cualquier otro lado. Desde realidades cercanas como el adolescente de 19 años del CCH de la UNAM en Ciudad de México, quien en septiembre del año pasado mató a cuchilladas a un compañero de 16 e hirió al trabajador que intentó detenerlo, a los movimientos de padres en diferentes partes del mundo que reclaman regulaciones para el acceso de menores a redes sociales o lo que nos relata –y nos pone contra la pared– la serie británica Adolescencia (Netflix). La producción televisiva –un muchacho mata a puñaladas a su amiga– da cuenta de problemas similares a estos tres casos en México, de acuerdo con lo que han expresado ellos mismos. Chicos inmersos en la subcultura incel (célibes involuntarios) de la manosfera (o machosfera), propagada en redes, que se describen como heterosexuales antifeministas y misóginos, víctimas de las mujeres, que comparten fantasías violentas, humillaciones y consejos sobre manipular a la mujer, y promueven el odio.

Save the Children sugiere cinco caminos a los padres y cuidadores, tratándose de educación digital: cuidar el contacto con Internet, un papel activo de padres y madres para el uso consciente, moderado y respetuoso de las tecnologías, reducir el tiempo frente a las pantallas, educación para el uso seguro y responsable de las tecnologías, y regulaciones sólidas y efectivas donde las prohibiciones totales no resuelven el problema.

Dos fallos judiciales estadounidenses esta misma semana contra Meta y Google por fomentar conductas adictivas y poner en riesgo la salud de usuarios menores de edad, marcan un camino a seguir que no es el único. El detective investigador del crimen en la serie encuentra las mejores respuestas en las claves que le proporciona su hijo también adolescente. El mensaje transparente de que observarlos y escucharlos, siendo empáticos y pacientes, bosqueja los laberintos de la madeja de un hilo abierto a la comprensión. Con disposición a enhebrarlo podemos contribuir a quebrantar tanta ignorancia.