Por Francisco Montfort Guillén
Si la democracia no es el régimen liberal, cuando menos podemos decir que sin el desarrollo de un mercado interno endógeno y con libertades, los excluidos y humillados de una nación deben soportar más oprobios provenientes de los dirigentes, pues en ausencia de libertades democráticas, las mentiras populistas hieren más la dignidad del ser humano que muchas de sus carencias materiales.
Si un régimen político no pone como centro de su interés el ser humano, sus acciones, a contrapelo de sus declaraciones, muestran su desprecio por las personas concretas, por los individuos que día con día se ven sometidos, voluntariamente, a la explotación, la opresión y la injusticia. Quienes solo aspiran a obtener el poder, muy temprano empiezan a traicionarse a sí mismos o, mejor dicho, a contradecir sus propuestas, a hacer malabares con sus mediocridades lingüísticas pues sus verdaderas acciones se encaminan sólo a ganar más y más poder, mientras los resultados de sus acciones de gobierno demuestran la frialdad de la fealdad de sus miserias y el enojoso espectáculo del conformismo justificador de sus seguidores.
Un recuento de sus fracasos económicos que circula por la red, señala al menos ocho índices negativos sobre el tema (crecimiento bajísimo, deuda enorme, déficit fiscal desbordante, caída de inversiones, inflación incontrolable); seis récords en negativos en materia de inseguridad (homicidios, desapariciones, delitos, feminicidios,violaciones,extorsiones); cinco índices educativos negativos y desmoralizantes; menos infraestructuras, mayor número de personas con pobrezas específicas (programas sociales, más de tres carencias sociales, rezago educativo, más millones sin acceso a servicios de salud, de servicios básicos de vivienda, de alimentación nutritiva y de calidad) ; más desempleados, más trabajadores sin sueldo, o que ganan máximo un salario mínimo, más personas sin prestaciones, menos usuarios de servicios médicos como consultas externas generales y por especialidades, menor vacunación, menos instalaciones de salud; peor Estado de derecho, peor justicia, menos libertad de prensa, periodistas asesinados y… contando.
Mientras PEMEX se muere entre corrupciones y deudas, la CFE sufre los mismos males y no puede ofrecer respaldo a nuevas inversiones productivas, la titular del poder ejecutivo se desvive por sacar adelante su famosa reforma electoral, solo por ella añorada, porque le significaría tener más poder. Y la pregunta obvia sería: ¿y para qué más poder si, institucionalmente, es la titular del Poder Ejecutivo con más poder institucional en la historia de México? Pues para eso precisamente; para tratar de satisfacer un vacío existencial que la impulsa a tener más poder, aunque no sepa cómo utilizarlo.
De los militantes y seguidores de Morena, ninguno se detiene a pensar en estos errores de las acciones de gobierno. Mucho menos en que desde 2018 vivimos bajo una mayor opresión del poder estatal, con menor calidad de vida, con menos dignidad, mientras a diario nos enteramos de los nuevos millonarios que está produciendo el régimen de Morena. Nuevos millonarios y los mismos pobres de siempre. Y para su propio mantenimiento, estos militantes y seguidores, dirigentes y dirigidos se enlazan en el círculo vicioso de la lucha por el poder contra sus supuestos enemigos (dejaron de ser adversarios, militantes de otros partidos o librepensadores sin militancias o simplemente, indiferentes a su partido) y sobre todo en contra de sus propios camaradas para demostrar, diariamente, que los sacrificios internos son el pago que deben todos aportar para obtener la obediencia: en Morena no se milita para la superación y mejoramiento del país o del propio partido, se milita para obedecer, para que se vea plásticamente que la presión se convierte en obediencia o se es expulsado del paraíso de los buenos contratos o de las indispensables aunque lastimosas dádivas de los programas asistenciales.
El poder reaccionario triunfó no sólo en el ámbito de la política partidista o electoral sino en el día a día de la vida pública del país, Basta con leer los diarios de otros sexenios para constatar que la mayoría de los periodistas tan solo han cambiado el nombre de los protagonistas, pero sus textos siguen siendo los mismos. Halagos para los gobernantes y políticos, anuncios de grandes inversiones que nunca sirven para resolver problemas, descalificaciones similares para aquellos que traicionan o son diferentes a los encumbrados o calificativos desprestigiosos por encargo de quienes les ofrecen algún dinero o canonjías a cambios de sus empalagosos artículos. Y por supuesto, después serán los periodistas premiados con pírricos premios nacionales cuando en ningún momento de su vida profesional han conseguido una nota original, denunciado algún atropello, servido a alguna causa de los lectores. Texto servidores que son leídos en una sociedad de ciegos e incapaces de ligar pensamiento y acción: impotencia y angustia de las masas frente a un poder que sólo actúa para su reproducción y acumulación de poder y los satisfactores que provienen de las riquezas acumuladas.
Esta es la maldición del subdesarrollo: su repetición generación tras generación cuyo tiempo de vida transcurre bajo un mismo Estado con diferentes e iguales actores. Cambian los nombres de los dirigentes, pero todos buscan, antes que nada, su auto reproducción, mientras los mismos problemas azotan a la ciudadanía. Esta es la historia de México y su Estado fracasado, que jamás, en toda su historia independiente ha podido alcanzar los niveles de vida de la mejor época de la Nueva España, joya de la corona española, ni llevar a su sociedad independiente, gobernada por militares, religiosos, laicos, licenciados, ingenieros, militares, economistas de izquierda, derecha, liberales, conservadores, norteños, sureños, del centro, del altiplano o de las costas a los niveles de vida de los estados exitosos como Canadá, Estados Unidos, Japón, Corea, Australia, Nueva Zelanda, toda la Unión Europea.
Y cuando las esperanzas de dar el gran salto que nos encamine hacia el progreso autóctono y sostenido llegan los viejos mariachis, llenos de nuevos gritos redentores, y el pueblo se pone a cantar a José Alfredo Jiménez: <<Y volver, volver, volver, a tus brazos otra vez… y los políticos reaccionarios y conservadores se convierten en nuevos salvadores de la Patria.
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