El día que mataron al Mencho. Crónica desde casa

Share

Por Celia del Palacio

Este domingo desperté a disgusto. Me sacaron del sueño dos sonidos de alerta de mensaje en el WhatsApp. Tengo silenciado el teléfono, así que pensé que no era el mío. Sí era. Como cambió el sistema operativo, se desactivó el silencio. Eran casi las diez de la mañana.

Tengo una hermana muy enferma, por lo cual, con cierta inquietud, abrí los ojos y me dispuse a ver quién se comunicaba conmigo. Era mi sobrina. Había copiado un par de tuits (¿Aún se dice tuit aunque ya no se llame twitter?) donde se daban a conocer los bloqueos en diversas carreteras que llegan a Guadalajara. En otro, el gobernador Pablo Lemus informaba que, derivado de un operativo realizado por fuerzas federales en Tapalpa, había enfrentamientos en la zona y autos incendiados en carreteras para impedir el paso a las fuerzas del orden.

Eso me terminó de despertar. Aún no estaba alarmada, ya que los bloqueos a carreteras han sido recurrentes en los últimos meses, sobre todo por transportistas, campesinos y diversos grupos sociales exigiendo respuesta a demandas específicas. En pocos minutos, gracias a búsquedas posteriores en redes sociales y por la información que amistades y familiares me hicieron llegar, el panorama se fue haciendo más claro: había pasado algo “grande”. ¿A quién habrán capturado? A alguien importante de seguro. A esas alturas aún pensábamos que se trataba de algún lugarteniente del cártel. Poco después supimos que había sido el Mencho. Incredulidad. Miedo. “Ahora sí se va a desatar el infierno”, pensamos.

La alarma llegó pronto, al ver que había bloqueos en Guadalajara y otras poblaciones del estado. Ahí me comuniqué con toda la familia y amigos cercanos para asegurarme de que estaban a salvo y para advertirles que no salieran. Yo no vivía en la ciudad en aquel año, cuando también hubo autos incendiados en las calles, solo tenía el recuerdo vago de la inquietud que eso me causó al pensar en el peligro que podrían estar corriendo mis más queridos.

Las noticias alarmantes se multiplicaron. Empecé a seguir el noticiero en vivo de Canal 44, de la Universidad de Guadalajara. Las imágenes de autos incendiados en las principales vialidades de la ciudad eran de miedo. Alguien había impactado un vehículo a propósito en la entrada de una tienda Soriana mientras que en el mismo centro comercial sujetos desconocidos habían despojado a la gente de sus autos y los habían incendiado. Se hablaba de tiendas de conveniencia incendiadas en pleno centro, sucursales del Banco del Bienestar, camiones de carga y autobuses urbanos calcinados en el periférico y las autopistas cerradas. Los puntos en que ocurrían estos hechos se multiplicaron en pocos minutos.

La situación en Puerto Vallarta era aún peor. Presuntos miembros del cártel incendiaron autos y negocios, también soltaron a los presos, desatando un pandemonio. La corresponsal de Canal 44 estaba en el aeropuerto. Habló de que las autoridades resguardaron a pasajeros y gente presente, incluida ella, por tiroteos afuera. Los vuelos fueron cancelados. Los pasajeros en vuelos que no pudieron ser desviados y estaban a punto de aterrizar, también fueron conducidos directamente a resguardo, según testimonio de la periodista.

Gracias a la situación privilegiada de la emisora universitaria, que está constituida como una red, el seguimiento de la información fue impecable y completo, ya que tienen corresponsales en la mayor parte del estado de Jalisco.  Así supimos qué pasaba en Ciudad Guzmán, la región Altos Norte, Ocotlán, Colotlán, Puerto Vallarta y otros puntos del estado: los ataques a vehículos y negocios se multiplicaban, los bloqueos a carreteras principales y secundarias, también. Otros medios locales como Letra Fría de Autlán, hicieron igualmente una cobertura continua a lo largo del día.

Las publicaciones de autoridades dirigidas a la ciudadanía hablaban de no salir de casa si no era necesario, de permanecer en calma y atender solo información confirmada y difundida por fuentes confiables.

El shock fue muy grande a pesar de que permanecimos en casa. Llegaban mensajes de conocidos directos que vivían momentos de angustia en el aeropuerto de Guadalajara. Se habló de disparos, de histeria colectiva, de gente que se resguardó en las bodegas del equipaje. Hubo videos de personas corriendo, incluidos los guardias y los empleados, incluso en las pistas. Algunos empleados de plano no regresaron.

Llegaban esas noticias, junto con los boletines informativos del propio aeropuerto en donde pedían a los usuarios, en todo caso, tomarse su tiempo para llegar al lugar, por posibles “inconvenientes” en el trayecto. Así llamaron a los autos incendiados y la amenaza de bloqueos: “inconvenientes”. Otros videos no confiables, creados con IA, mostraban aviones en llamas, ante lo cual, los periodistas nacionales reiteraron que el aeropuerto funcionaba con normalidad. No ardieron los aviones, eso era verdad, pero no es normal que se retrasen los vuelos -todos- durante horas y que las aerolíneas se hubieran visto superadas por las quejas de los usuarios. No es normal que, en la Ciudad de México y otros puntos, se cancelaran los vuelos a Guadalajara “por razones ajenas a la línea aérea”, dejando varadas a decenas de personas. No es normal que no hubiera taxis para salir de ahí ni ningún otro transporte durante varias horas.

Los autobuses urbanos dejaron de dar servicio poco después de los primeros ataques. El tren ligero paró también y Uber suspendió igualmente el servicio. Los rumores esparcidos en redes, particularmente WhatsApp, hablaban de una amenaza del cártel de empezar a disparar contra civiles a la una de la tarde. Eso aumentó el pánico, por más que el mensaje sonaba ostensiblemente falso. ¿Quién quería generar pánico? ¿Para qué? De hecho, muchos de los atentados no tuvieron el propósito de bloquear vialidades, parecían también detonadores del caos.

Vivimos frente a un gran centro comercial, frente a una estación del tren ligero y entre tres grandes avenidas que nos tienen abrumados con el ruido del tráfico día y noche. Sin embargo, el domingo a medio día reinaba el silencio. La plaza cerró sus puertas. No se oían autos ni los ya familiares autobuses urbanos con el escape abierto. Tampoco circulaban las motocicletas que se regodean a diario  apretando duro el acelerador. Silencio. Por primera vez en mucho tiempo, alcanzábamos a oír el trino de los pájaros.

Pero no era un silencio tranquilizador: era ominoso. Ni en la pandemia había ocurrido algo así. La gente se refugió en sus casas cuando la información sobre los ataques se generalizó: se pedía a la población dejar las calles libres para el paso de los servicios de emergencia y autoridades. El silencio entonces se rompió con el ruido interminable de las sirenas: ambulancias, patrullas, convoyes de camionetas negras, carros de bomberos y de protección civil. Luego vino el zumbido de los helicópteros, insidioso, sin trazas de acabar.

Más tarde, el gobernador declaró que no habría clases en ningún nivel el lunes. La Universidad de Guadalajara primero optó por las clases en línea y luego, tal vez ante las noticias de que en algunas colonias y otras poblaciones del estado habían cortado la luz y el internet, suspendieron toda actividad para el día siguiente. Se cerraron los recintos culturales y se cancelaron los espectáculos. Se supo que las misas y otras celebraciones religiosas fueron también canceladas y se anunció que muchas oficinas y hasta bancos, no abrirían el lunes.

Para la tarde, ante el cierre masivo de tiendas de conveniencia y supermercados, solo algunas pequeñas tiendas de abarrotes permanecían abiertas, casi de manera clandestina, pidiendo a los muchos clientes, hacer cola en el exterior. La gente hacía compras de pánico.

Por ahí de las tres de la tarde, se reanudó el servicio del tren ligero. Vagones sin pasajeros circularon con regularidad a partir de esa hora. A las cinco, Canal 44 hizo un corte con la información recabada hasta entonces con base en datos del C5. Hubo 89 bloqueos en Jalisco, con el mayor número en el Área Metropolitana de Guadalajara: 67. En Guadalajara, 12, en Zapopan 41, en Tlajomulco 9, en Tlaquepaque 2, en Tonalá 2 y en El Salto, 1. Después del Área Metropolitana, el mayor número de bloqueos se registró en Puerto Vallarta y los caminos y autopista cercanos.

Para la noche, las autoridades informaron que había habido 252 bloqueos y ataques a comercios en 20 estados del país, incluidos Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas. Una buena parte del país amenazada por un cártel. ¿No es eso suficiente para alarmarnos?

Cuando oscureció, la ciudad se tornó más silenciosa. Había menos sirenas y casi ningún tráfico. Pudimos oír largamente el viento entre los árboles. ¿Desde cuándo no escuchaba algo así? Una experiencia parecida a estar en la costa y ver las palmeras bailando en la oscuridad. Viento como oleaje. Oleaje de viento que llegaba a sembrar la calma. Por primera vez en… ¿nunca?, no hubo tráfico en la madrugada. A pesar del silencio absoluto, mi sueño fue intranquilo.

Hoy, el día después, la plaza de enfrente permanece cerrada. La gente reporta filas en las tienditas de barrio. Algunas gasolineras no abrieron hoy tampoco. Alguien dijo que los habían amenazado. A saber.

Poco a poco el tráfico se va normalizando, escasea el transporte y el código rojo que mantenía a la ciudad en emergencia no está claro que se haya levantado. Aun así, la cita médica que tenía esta tarde me fue cancelada y reprogramada hasta nuevo aviso. Muchas personas permanecen varadas en Tapalpa, Chapala y otras poblaciones donde pasan el fin de semana quienes pueden hacerlo. Los esqueletos calcinados de tráileres y automóviles permanecen en las carreteras. Es preciso irlos esquivando si se pretende pasar, aunque en algunos caminos eso no es posible. Algunas personas no pudieron llegar a trabajar al encontrar estos obstáculos en su camino.

Algunos pasajeros no pudieron tomar sus vuelos ayer porque fueron cancelados, hoy enfrentan retrasos y desorganización ante el volumen inesperado. Huéspedes de Airbnbs que no pudieron regresar a sus hogares ayer, se encuentran con que casi no hay restaurantes abiertos ni dónde comprar comida, en el mejor de casos, hay que hacer colas en los pocos comercios abiertos. Visitantes foráneos que acudieron en camiones ayer al zoológico de Guadalajara, tuvieron que pernoctar ahí mismo, por ser un gran número. Hoy van de regreso a sus hogares en los autobuses de turismo en los que llegaron, escoltados por elementos de Seguridad Pública del Estado.

La Universidad de Guadalajara suspenderá actividades no esenciales el martes. Las clases serán en línea. Recomiendan evitar traslados. Dicen que la actividad se reanudará el miércoles, “si las condiciones de seguridad lo permiten”. Se anuncia que llegaron dos mil elementos del ejército a reforzar la seguridad del Estado. Esta vuelta a la “normalidad” (¿cuál, si desde hace mucho vivimos normalizando la violencia?) es dudosa, sobre todo cuando autoridades estatales y federales se escudan en el silencio ¿es seguro retomar las actividades fuera de casa? ¿Qué está pasando hoy? ¡Quién sabe!

Después de mediodía nos enteramos de nuevos bloqueos, a la entrada de Tapalpa y en las carreteras de la costa. Han utilizado troncos y en algunos casos, han escarbado con trascabos para hacer zanjas en el camino. “Esto no se acaba hasta que se acaba”, dijeran los clásicos. Y esta “novena entrada” (para seguir con la metáfora beisbolera) pinta para durar mucho tiempo.

Hoy se habla de Fake News y de magnificar las cosas con aviesos fines… ¡cuidado! Muchos de los hechos atestiguados por la gente y medios confiables son difíciles de creer. Y lo que vimos ayer no debe minimizarse. El discurso de que “aquí no pasa nada”, no ayudará a enfrentar una realidad compleja y una escalada de la violencia y demostraciones de poder de un cártel como no habíamos visto.