Por Carlos Tercero
En la Crítica de la razón pura, Immanuel Kant no intentó embellecer la filosofía, sino preguntarse bajo qué condiciones es posible conocer con validez. Su obra es densa, exigente, incluso ardua; pero precisamente por eso ofrece una oportunidad útil: contrastar la disciplina de la razón con la ligereza con la que hoy se discute casi cualquier cosa. Kant estudió la sensibilidad y sus formas a priori –espacio y tiempo– como condiciones de la experiencia. La llamada “estética trascendental” no trata del gusto, sino de la estructura básica de cómo percibimos. Mientras él delimitaba con rigor el alcance de la razón, el debate público suele quedarse atrapado durante días en asuntos de relevancia marginal; verbigracia, que el episodio del “salón de belleza en el Senado” haya ocupado la conversación nacional como si se tratara de un parteaguas institucional, revela menos sobre el hecho que sobre nuestra propia inclinación a confundir lo anecdótico con lo importante.
Kant estableció criterios para evaluar qué puede afirmarse y con qué fundamento, dado que no todo puede conocerse, que no todo debe afirmarse y que no todo desacuerdo se resuelve a gritos. En términos normativos, la democracia descansa en esa doble exigencia: hechos comprobables y principios debatibles. Sin embargo, la esfera pública mexicana parece moverse bajo una lógica distinta, la “sinrazón pura”; una búsqueda de unidad no a partir de argumentos, sino de consignas; no desde el análisis, sino desde la emoción que simplifica. Si la razón busca coherencia a partir de lo examinado, la sinrazón impone coherencia sobre lo que no se ha pensado con el mínimo detenimiento.
La polarización en México no es un fenómeno aislado; forma parte de una tendencia global donde el antagonismo se convierte en identidad política y cualquier episodio menor se eleva a prueba definitiva de decadencia o transformación. Problemas complejos (seguridad, crecimiento económico, salud) se reducen a narrativas cuyo enfoque es blanco o negro, descartando cualquier escala de grises. La citada discusión sobre el salón de belleza en el Senado puede ser válida si remite a prioridades o disposiciones presupuestales; se vuelve trivial cuando la frivolidad y la justificación plañidera desplazan el debate de fondo. La atención pública es limitada, y cuando se concentra en lo accesorio, se deteriora la capacidad de deliberar sobre lo estructural. Las democracias no solo compiten por votos, sino por marcos de interpretación. Quien fija el lenguaje delimita lo que puede pensarse y discutirse y, en ese sentido, la sinrazón deja de ser torpeza para convertirse en estrategia en la que multiplicar controversias superficiales dispersa el escrutinio de problemas más profundos. La razón teórica, la que contrasta hechos, queda desplazada por afirmaciones categóricas sin sustento; la razón práctica, la que orienta decisiones, se reduce a juicios morales inmediatos sin deliberación.
Kant advirtió que cuando la razón rebasa sus límites cae en contradicciones que ella misma produce. Algo similar ocurre en nuestra conversación pública: libertad contra orden; pueblo contra instituciones; cambio contra continuidad. Cada término se presenta como absoluto y excluyente, anulando matices. Pero la crítica kantiana no destruye la razón, sino que la disciplina y la somete a examen para evitar ilusiones; esa es la lección vigente: no toda indignación constituye un argumento; no toda mayoría equivale a verdad; no toda crítica implica ruptura irreconciliable.
La democracia exige algo más difícil que la lealtad dogmática; exige justificar, explicar, contrastar, de ahí la relevancia del pensamiento crítico que supone reconocer que el conocimiento político es falible, que las políticas públicas deben evaluarse con datos y que los principios requieren coherencia. Cuando el lenguaje se reduce a eslóganes, el poder se libera del escrutinio; cuando la agenda se guía por lo anecdótico, lo estructural permanece desatendido.
No necesitamos otra crítica de la razón pura, sino una crítica de la sinrazón que se ha normalizado. Recuperar la diferencia entre lo que es y lo que debería ser; entre lo accesorio y lo central; entre el espectáculo y el debate serio. La calidad de la democracia depende de la calidad de su conversación pública; por tanto, defender la razón es condición básica para que el debate público vuelva a girar en torno a lo que realmente importa.
3ro.interesado@gmail.com