Por Sandra Luz Tello Velázquez
Hay espejos en los que México se niega a mirarse porque la imagen que devuelven es injusta, inhumana y plagada de vejaciones. Así lo retrata Óscar Martínez, quien con dolorosa lucidez, señala en su libro Los migrantes que no importan: nuestra geografía se ha convertido en un corredor de sombras donde la dignidad humana se desintegra paso a paso, vía tras vía. Pues, lo que antes podíamos adjudicar a los límites de la clandestinidad de quienes viajan sobre el lomo de La Bestia, hoy nos ha estallado en el rostro al darse a conocer el caso del académico colombiano Leonardo Ariel Escobar Barrios.
En la actualidad, el horror ha dejado las brechas desoladas para instalarse en los aeropuertos, se ha señalado el actuar irregular y abusivo de la Guardia Nacional, los sistemas judiciales que no funcionan, los agentes de migración y a la policía municipal de Apodaca, Nuevo León.
El calvario de Escobar Barrios, profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla, es apenas la punta del Iceberg de la descomposición institucional. Un hombre con nombre, apellido y respaldo académico de una reconocida universidad llega a Monterrey para una escala y termina «desaparecido» en un anexo de Juárez, Nuevo León. Lo que narra el docente no es un malentendido; es un catálogo de abusos que sufren, multiplicados por mil, los miles de migrantes centroamericanos que cruzan nuestro país.
Escobar fue despojado de sus pertenencias, inadmitido sin razón en un aeropuerto y empujado por la policía a deambular como un fantasma. La Guardia Nacional —esa figura que prometía seguridad y entrega incertidumbre— lo detuvo, lo golpeó y lo ocultó. Porque eso es lo que sucede cuando no se registra una detención en el sistema nacional: se crea una zona de inexistencia legal. Se «desaparece» a alguien bajo el amparo del uniforme.
La respuesta de las autoridades de Nuevo León es la misma de siempre: el cinismo. Mientras el fiscal minimiza las lesiones, la Universidad Iberoamericana señala las huellas del horror en el pecho del académico y las omisiones de un sistema de denuncia virtual que parece diseñado para el fracaso. Si esto le sucede a un catedrático con reflectores mediáticos, ¿qué esperanza le queda al migrante que no tiene voz, que no tiene una universidad que lo respalde, que no tiene más que la furia y la poesía de un cronista como Martínez para ser recordado?
México es el reflejo del abuso de autoridad, la futilidad y la muerte del que hablaba Martínez. Es el país que se dice hermano de Latinoamérica pero que permite que sus fuerzas del orden traten a un extranjero desorientado como delincuente. La política migratoria de los Estados Unidos de Norteamérica es, sin duda, un muro de hipocresía y excesos, pero no podemos seguir usándola como escudo para no ver nuestra propia podredumbre.
El académico fue rescatado y llevado a un anexo porque estaba al borde de la muerte tras días de hambre y sed, una condición a la que fue empujado por el propio Estado mexicano. El mutis en el que cayó Leonardo en esa clínica es el silencio de un continente que se desangra.
El caso del académico Leonardo Escobar es la prueba de que, en este suelo nadie está a salvo de la maquinaria que tritura a la dignidad, pareciera que se requiere un manual de supervivencia para establecerse en un país que supone haber perdido la brújula del trato humanitario.