Por Alberto J. Olvera
En el inicio del 2026 el tiempo se ha acelerado. Un factor para este vértigo fue la abducción de Nicolás Maduro, facilitada –sin duda– por una traición interna. El éxito de la operación militar, la falta de respuesta política internacional y la pretendida imposición de un gobierno subordinado a las órdenes de Trump en Venezuela, han dado lugar a interpretaciones sobre el regreso a la época de la “diplomacia de las cañoneras” y a una regresión histórica al imperialismo más burdo y descarado no sólo en América, sino a escala global. Siendo esto cierto en lo esencial, quisiera subrayar los límites de esta interpretación.
En Venezuela el régimen político no ha cambiado. Trump no manda en ese país, las perspectivas de mediano y largo plazos no lucen positivas para Estados Unidos y los excesos de Trump en su política internacional (e interna) demuestran que atestiguamos los gritos de ahogado de un régimen imperial fallido que, sin embargo, provocará grandes cambios sociopolíticos en América Latina y el mundo. Al mismo tiempo, observamos el colapso de los mitos de la izquierda “socialista” en la región y el fin de una época histórica, la del “progresismo radical”, que terminó en una tragedia social y política. Por si esto fuera poco, vivimos el ocaso de los discursos e instituciones de un orden internacional multilateral, hipotéticamente “basado en reglas”, que ha demostrado su irrelevancia en este momento de crisis. En suma, vivimos una etapa de cambio histórico cuyo desenlace es incierto.
Empecemos por el principio. La segunda década del siglo XXI nos ha llevado de vuelta a la segunda mitad del siglo XIX. El imperialismo más descarnado se muestra impune en la invasión de Rusia a Ucrania, la criminal destrucción de Gaza por parte de Israel y en la invasión estadunidense a Venezuela. En estos casos, y en otras crisis humanitarias en el mundo, los organismos internacionales construidos después de la Segunda Guerra Mundial y de la caída del Muro de Berlín han sido impotentes e inútiles. Protagonista principal de este vaciamiento del orden internacional instituido ha sido el gobierno de Donald Trump, que ha sacado a su país de casi todas las instituciones y pactos globales existentes.
No es sorpresa que sean los imperios en decadencia los que provocan el mayor daño al orden internacional. Rusia es una potencia sin poder real, más allá de su posesión de armas nucleares, que busca recuperar sus viejas glorias en un mundo que cambió de manera radical. Los Estados Unidos experimentan la gradual pérdida de su hegemonía económica, tecnológica y financiera, así como el extravío de su proyecto político fundacional, la democracia liberal, hoy en riesgo en su propio territorio por la política fascistoide e imperialista de su presidente, un político que apunta a ser el enterrador de la gran potencia.
En el caso de Venezuela, el gobierno de Donald Trump –y en el medio el de Biden– intentaron deponer al dictador Nicolás Maduro, no en defensa de la democracia, sino porque Venezuela devino en la cabeza de playa de Cuba, Rusia y China en América Latina. El mediocre líder político tuvo como única misión permanecer en el poder junto a una camarilla de militares y burócratas que en un pasado lejano tuvieron simpatías por la izquierda, pero que en el proceso de gobernar destruyeron hasta sus cimientos la economía del país e impusieron un régimen autoritario. La crisis humanitaria que produjo la implosión venezolana la sufrió el resto de América Latina en forma de una emigración masiva de ocho millones de personas, y de la exportación de un clan criminal formidable, el Tren de Aragua.
Dada la vocación imperial de Trump, y el fracaso de todas las negociaciones para promover un cambio de régimen en Venezuela, el presidente norteamericano decidió imponer un bloqueo naval al país sudamericano. El fin era evitar la exportación de petróleo, destruir lanchas que supuestamente trasladaban drogas, ejecutando de manera extrajudicial a por lo menos cien personas en el proceso, y finalmente secuestrar a Maduro en una operación militar planeada y ejecutada con ayuda interna. El asesinato de la guardia pretoriana de Maduro, formada por militares cubanos, marcó un punto de inflexión en la correlación de fuerzas interna entre las facciones chavistas. Maduro era el hombre de La Habana en Venezuela, quien se negó a toda negociación con el imperio, a pesar de la evidente urgencia de ceder algo para garantizar la sobrevivencia del propio régimen. La abducción de Maduro eliminó este obstáculo, pero dejó en el poder a todo el resto de las mafias gobernantes.
Hace tiempo dejó de haber un Estado digno de ese nombre en Venezuela. El régimen es una alianza de militares con poder territorial y sectorial (hay 2 400 generales, tantos como en Estados Unidos) y burócratas de partido con clientelas específicas, algunos con control sobre grupos armados móviles, de carácter fascista, que controlan los barrios populares urbanos. Hay que contar también a grupos criminales y a los remanentes de grupos guerrilleros colombianos (ELN, ex FARC) que controlan las zonas fronterizas. Es una alianza extractivista, rentista, que le da su carácter patrimonial y criminal al régimen político. Pues bien, ese régimen está intacto. La ilusión trumpista de que, por medio de la amenaza militar y el control de las exportaciones de petróleo, las mafias en el poder le obedecerán y ajustarán cuentas para disminuir la influencia cubana y china, abrir el mercado local a la inversión extranjera y entregar la deteriorada industria petrolera a las empresas gringas, es un sueño guajiro.
Es cierto que a corto plazo Cuba sufrirá la interrupción de los subsidios petroleros y en efectivo, derivados de los salarios de miles de empleados de seguridad, control político, médicos y técnicos cubanos que laboran en Venezuela. De hecho, ese es el objetivo principal del Secretario de Estado Marco Rubio: ahorcar a Cuba hasta la inanición. Está por verse cuánto tiempo se mantiene este cerco total y si logran impedir que México mantenga un mínimo de abasto de hidrocarburos a la isla. De cualquier modo, el régimen cubano es ya una sombra, un Estado fallido en todo aspecto menos en el control político totalitario de su población, sometida desde hace años a una penuria inhumana.
Pero en cuanto al control de la fuerza represiva y la administración de rentas ilegales, nada cambió en Venezuela. La presidenta en funciones, Delcy Rodríguez, es tan ilegítima como Maduro. Su cargo como vicepresidenta lo obtuvo en la misma elección fraudulenta de 2024, cuando el descaro total de la dictadura se mostró en pleno. Los demás componentes del poder real, el Secretario de Defensa, general Vladimir Padrino, y el Secretario del Interior, el temible Diosdado Cabello, decidieron seguirle el juego a Trump. Hoy administran la dependencia de Estados Unidos, ganando tiempo en lo que el ridículo aspirante a dictador estadunidense es rechazado por los votantes este mismo año en las elecciones intermedias, o en las presidenciales de 2028. El argumento de Trump de que el petróleo de Venezuela pagará el enorme costo de su operación militar es falso. La industria petrolera está destruida, y requiere de inversiones monumentales para recuperarse, lo que las empresas petroleras gringas no harán en el horizonte previsible. El petróleo abunda en el mundo, sus precios están bajos y no es redituable ahora extraer el petróleo pesado de Venezuela, que no tiene las reservas más grandes del mundo, uno de los mitos creados por Chávez.
El protectorado norteamericano sobre Venezuela apunta a ser fallido desde los puntos de vista económico y político. Es probable que haya un tímido proceso de liberalización para cubrir las apariencias, pero las mafias en el poder no lo van a entregar a menos que se vean forzadas. Y a Trump le tiene sin cuidado la democracia, en su país y en los demás. Estará satisfecho si le entregan algo de petróleo y dejará que, en todo caso, las facciones chavistas se peleen entre ellas por lo que quede de las rentas criminales. Si esta disputa abre espacios a una lejana transición a la democracia, será por default, no por diseño.
El imperio tiene, pues, límites objetivos. Pero, por otra parte, el fracaso del proyecto del “socialismo del siglo XXI” representa, desde hace años, el agotamiento de las utopías de una izquierda latinoamericana que, al despuntar el siglo XX, prometía una vía diferente de rescate del proyecto socialista. La debacle cubana, que tiene décadas en proceso, sumada a la venezolana y a la patética dictadura familiar de los Ortega en Nicaragua son el resultado final de unos regímenes que se declararon socialistas y terminaron destruyendo la economía de sus países, instaurando dictaduras brutales y poniendo fin a la esperanza de una vía latinoamericana a sociedades más justas y democráticas. Vivimos la urgencia de nuevas ideas y proyectos. Y el proceso deberá incluir una profunda autocrítica de las viejas y nuevas izquierdas, además de la denuncia del nuevo orden imperial.
Este texto se publicó originalmente en el blog de Nexos. Agradecemos a su autor la autorización para reproducirlo.