Por Sandra Luz Tello Velázquez
El 10 de abril nos obliga a pausar para mirar el espejo del progreso, en el Día de la Ciencia y la Tecnología, es inevitable reflexionar acerca de la revolución tecnológica actual, liderada por la Inteligencia Artificial. La humanidad parece estar obsesionada en rediseñar la arquitectura misma de la realidad. Hemos pasado de la innovación romantizada a una fijación geopolítica que raya en el delirio.
La IA ha dejado de ser esa promesa hecha por los deslumbrantes avances tecnológicos para transformarse en una infraestructura invisible que gobierna nuestros días. Al igual que la electricidad en el siglo XIX o el internet en los noventa, se ha filtrado en las grietas de nuestra cotidianidad de forma omnipresente, sigilosa y para algunos, aterradoramente inevitable.
Si comparamos los avances de siglos pasados, la realidad actual muestra una diferencia sustancial, mientras que el telégrafo o la bombilla traían consigo una narrativa de conexión y luz, la IA avanza con la prisa de quien corre hacia un abismo sin detenerse para medir su oscura profundidad. Como en la novela de Mary Shelley, Frankenstein, por la emoción de darle inteligencia a la materia dejamos de lado un cuestionamiento fundamental: ¿qué futuro nos espera cuando la criatura piense por sí misma? Le estamos dando vida a una creación que no se cansa, no duerme y que posiblemente en un futuro no obedezca.
El uso de la inteligencia artificial es cada vez más económico y accesible, pero entrenarla implica una demanda energética insaciable y cientos de millones de dólares para mejorar cada modelo, dicho escenario nos enfrenta a una encrucijada ética en este día de la Ciencia y la Tecnología, pues los países ya no compiten solo por el conocimiento, sino por la capacidad de reescribir las reglas del mundo a través de algoritmos. Estamos ante una nueva carrera por mantener el poder, donde el territorio a conquistar no es la tierra, sino el dato, la voluntad y la percepción.
Cabe señalar que, la IA no es un enemigo a vencer, lo inquietante no es su uso, sino el abuso que desencadenaría más adelante una superinteligencia, capaz de perfeccionarse a sí misma a un ritmo que dejaría atrás cualquier posibilidad de supervisión humana, porque dejamos en sus manos nuestra creatividad, raciocinio y poder para innovar.
Recordemos que, no podemos permitir que la tecnología se convierta en una entidad autónoma que nos dicte el camino mientras nosotros, distraídos, perdemos la brújula.