En política todo comunica

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Por Carlos Tercero

En política no existe el vacío comunicativo. Incluso el silencio comunica.

La premisa del psicólogo y teórico de la comunicación Paul Watzlawick –según la cual es imposible no comunicar–, expuesta en su obra Teoría de la comunicación humana, ayuda a entender por qué cualquier comportamiento, o incluso su ausencia, transmite un mensaje. En el ámbito político esa idea adquiere una relevancia particular: cada palabra, cada silencio, cada gesto institucional y cada decisión transmiten un mensaje que la ciudadanía interpreta casi de inmediato. Gobernar también implica comunicar. Hacerlo bien no es sencillo, pero sí una responsabilidad inherente al ejercicio del poder público y condición indispensable para sostener la confianza social.

La comunicación política no se limita a discursos o conferencias de prensa, se expresa también en los actos cotidianos, el lugar que se visita, el tono y aplomo con el que se responde a una pregunta incómoda, la rapidez con la que se atiende una crisis o incluso la ausencia de una autoridad en momentos delicados envían señales que la sociedad observa con atención. Por eso se afirma que en política todo comunica. No solo se gobierna con decisiones; también con los mensajes que esas decisiones transmiten.

Incluso cuando un gobierno cree prudentemente estar guardando silencio, en realidad está emitiendo un mensaje que puede interpretarse como prudencia o cautela institucional, pero también como distancia, indiferencia o incapacidad. La percepción pública rara vez espera a que la autoridad explique sus razones. La comunicación política ha dejado de ser un complemento de la acción gubernamental para convertirse en una dimensión central de ella. La ciudadanía no solo evalúa las decisiones que toman los gobiernos; también observa cómo se toman, quién las anuncia y con qué oportunidad se ejecutan. En esa dinámica, la forma termina siendo inseparable del fondo, fenómeno que se intensifica en contextos de tensión e incertidumbre social. Lo mismo cuando la seguridad se deteriora, cuando ocurren hechos que conmocionan a la comunidad o cuando la sensación de vulnerabilidad se instala en la conversación pública, la ciudadanía busca señales claras de conducción política. Demanda autoridad, empatía y capacidad de respuesta. En esos momentos la comunicación gubernamental cumple una función que va mucho más allá de informar: ordenar el relato público de la crisis, transmitir que el problema está siendo atendido y ofrecer a la sociedad una referencia de estabilidad institucional. Cuando ese mensaje no aparece o llega demasiado tarde, suelen aparecer depredadores y oportunistas políticos intentando llenar el vacío con rumores, especulaciones o verdades a medias que alimentan la incertidumbre y la desconfianza.

Normalmente, la realidad es más amplia que el relato que se hace de ella. Cuando una parte de esa realidad se omite –por estrategia, por cálculo o por descuido– se produce un efecto inevitable de interpretación pública. La ciudadanía completa los silencios con sus propias hipótesis, y no siempre en favor de la autoridad. Por ello, la gestión de la percepción no debe entenderse como manipulación, sino como una dimensión inevitable del ejercicio del poder democrático. Los gobiernos necesitan explicar lo que hacen, reconocer lo que no funciona y mostrar que existen decisiones en marcha. Cuando ese esfuerzo comunicativo falta, incluso las acciones correctas pueden parecer insuficientes.

La comunicación política contemporánea se desarrolla además en un entorno particularmente exigente. Las redes sociales aceleran la circulación de información y multiplican las interpretaciones. En política, muchas veces el problema no es solo lo que ocurre, sino cómo se explica lo que ocurre. Lo que antes tardaba días en instalarse en la opinión pública hoy ocurre en cuestión de minutos. En ese escenario, la lentitud institucional se convierte en un riesgo político cuando no se comprende que la oportunidad es tan importante como el contenido del mensaje.

En política no existe el vacío comunicativo. Cuando los gobiernos olvidan que todo comunica, dejan que otros definan el sentido de los acontecimientos. Perder el control de la narrativa suele ser, casi siempre, el primer paso para perder la confianza ciudadana.

 

3ro.interesado@gmail.com