Por Darío Fritz
Mirar al mundo hoy se parece mucho a esos últimos treinta minutos de tu equipo favorito que gana por un gol, pero se le viene la noche encima porque el rival llega al área todo el tiempo y con una capacidad de daño similar a la del cuchillo afilado dispuesto a desgarrar la carne. Hacer futurismo puede ser inoperante, pero siempre es bueno tener los ojos puestos más allá del auto que tenemos delante una mañana de tráfico endemoniado. Cierras los ojos y esperas a que ni Maradona y Pelé juntos se les ocurra incentivar con el recuerdo al delantero de enfrente ni que algunos desquiciados con poder se lancen por una nueva guerra que salve a sus economías menguadas o expriman el miedo a sus socios tímidos con amenazas de golpes a sus finanzas tambaleantes. Lo hizo saber Putin con antelación a su invasión a Ucrania, y nada se hizo para pararlo. Trump dijo que arreciaría contra migrantes y el comercio mundial, y sólo fue esperar a que se consumara. Tendemos a creer que eso no ocurrirá. No se atreverán, nos confiamos. Pero llega. Y de la peor manera.
Cuando Milei hacía su campaña presidencial en Argentina y decía, insultos y descalificaciones mediante, que quitaría derechos, permitiría la compraventa de órganos o acabaría con la moneda nacional, sus votantes lo justificaban bajo el argumento displicente de que aquello no sucedería. Con Trump pasó algo similar. Pocos creían en México en que se concretaría la reforma de la justicia, muchos se esperanzaron con el fin de la corrupción, llámese la enquistada entre funcionarios públicos o la conviviente con el crimen organizado. Pero poco a poco, aquellas promesas se convirtieron en realidad, no hubo mayores resistencias y el avasallamiento de políticas de Estado enarbolada por gente ajena a los escrúpulos, se hizo realidad. Sin importar las consecuencias para una mayoría de la población. Los resultados de inequidad e imposiciones arbitrarias de la mano de parlamentos afines o decretos caprichosos, se comienza a ver sin que el rechazo termine más allá de la voz baja que teme a la furia del que decide.
¿Qué será de Cuba, qué será del control del crimen organizado, mantendrá América Latina su rol de economías extractivistas, sus sistemas democráticos seguirán en la tónica de abrazar los proyectos de quienes la usan para arribar al poder y luego debilitarlas? Los más claros vaticinios parecen dirigirse a que los que tienen el cuchillo afilado pronto podrán empezar a desgarrar la piel. Si Trump amenaza con aranceles y los impone, propone reconstruir Gaza sin los palestinos y se encamina con inversiones hacia ello, amenaza bombardear Irán y lo hace, dice que se quedará con el petróleo venezolano y lo cumple, ¿por qué no concretaría ir por Cuba después de Irán como ya lo adelantó? Si presiona a México y Ecuador con ir por sus narcotraficantes y le responden, ¿por qué no cumpliría con ir por esos criminales en el continente, ya sea hundiendo lanchas cerca de las costas mexicanas y caribeñas, o participando en operaciones continentales? Si quiere sus minerales antes de que caigan en manos chinas, ¿una Latinoamérica necesitada de ingresos, se lo negaría a precios cómodos? Si niega cualquier control sobre las grandes corporaciones digitales, todas ubicadas en Estados Unidos, y cada vez más concentradas en el desarrollo de la Inteligencia Artificial, por qué no acentuaría su papel de “dominio”, como advirtió el brasileño Lula da Silva sobre sus peligros para la humanidad.
Puede que sea cierto aquello que reflexionaba Kurt Vonnegut en una de sus escépticas columnas periodísticas de los años ’80, “me da la impresión de que todo el mundo vive como viven los miembros de Alcohólicos Anónimos: al día… A la gente le importa un pimiento si el planeta aguanta o no”. ¿Podemos anticiparnos, pero no impedir ese mundo configurado por déspotas y opresores? Pasó en la leyenda de Troya. Casandra con el don de la profecía advirtió de las consecuencias destructivas de la guerra para su pueblo. Pero todos confiaron en que la victoria sería suya y adoptaron la pasividad como estandarte.