Otra deforma

Share

Por Francisco Montfort Guillén

La llamada Revolución Mexicana, conjunto de golpes de Estado que tuvo como primeros grandes ganadores a los sonorenses liberales, le otorgó todo el poder al Estado para reconfigurar a la sociedad mexicana en su conjunto. Después, con Lázaro Cárdenas los dirigentes nacionales dieron vuelta atrás con un gobierno corporativista de remembranzas coloniales y con gran influencia de las ideologías en auge en aquellos tiempos: el fascismo, el nazismo y el comunismo. Y fueron perfeccionando la puesta en escena democrática, cuya tramoya consideró casi todos los supuestos para crear un escenario de película moderna, perfectamente descrita por Mario Vargas Llosa: la dictadura perfecta.

Una de las mayores limitaciones para calificar la aparición y ascenso de la etapa llamada «transición democrática» es olvidar de qué condiciones específicas proviene. Y la cuna de su nacimiento no es otro que un régimen de partido de Estado. Y un régimen lujosamente disfrazado de democracia, además presumida de social porque ayudó al pueblo con las leyes laborales, el reparto de tierra y la educación básica gratuita. De ahí la perfección de su disfraz, que hace olvidar que el actor central de dicha transición fue el Estado. Y por esta razón también son explicables las pretensiones y alcances de dicho esfuerzo de los muchos actores que lo impulsaron: la creación y el respeto del mecanismo institucional de libre elección de los gobernantes por los gobernados, con intervalos regulares y redefinidas sus prácticas de respeto irrestricto del voto. Lo que llamó Krauze <<una democracia sin adjetivos>>

¿Por qué razones es importante recordar de dónde proviene nuestra endeble democracia en estos momentos en que se vuelve a presentar otra reforma electoral? Por la sencilla razón de que se presentan comentócratas “buena onda” que tratan de ponerse por encima de las disputas y critican el esfuerzo realizado durante la “transición”, culpando a sus promotores de las limitaciones y desviaciones respecto a una “democracia pura”. Y no pocos analistas que culpan al período democrático del aumento de las desigualdades sociales, de la falta de crecimiento económico y de la corrupción.

Los primeros olvidan que el régimen priista se sostenía, entre otras cosas, gracias a las relaciones semidirectas del Estado con la sociedad, gracias a las organizaciones sociales corporativizadas como ganglios del gobierno, así como las funciones de los sectores sociales del PRI, que cerraban la pinza de esas relaciones directas entre el gobernante y la sociedad, principio número uno del dominio político priista sobre la sociedad. Los analistas que reprochan la presencia de la pobreza, la desigualdad y el débil crecimiento económico olvidan por completo que estas tres cuestiones y muchas más, como el mejoramiento de los servicios educativos y médicos asistenciales, así como las pensiones que forman parte de otro gran proceso social, concurrente con la democracia por su funcionamiento en ocasiones salvaje, o sea por su sustancia, origen y necesidades, completamente distinto y que es el desarrollo económico o, si se prefiere, de crecimiento económico y distribución de la riqueza. Y este fenómeno o proceso social, como lo demuestra el caso de China y otros países asiáticos, se puede realizar con gran éxito sin la presencia de la democracia.

Por otra parte. Los Únicos Promotores de la Reforma Electoral del Mesías Mascupano, alentada por el gobierno de Morena, sólo buscan cumplir, a toda costa, con los deseos de la déspota iletrada, la única interesada en aprobar, ahora, “su reforma”. Una reforma elaborada por el Estado y que, cualquiera que sea su contenido inicial, o ahora con su Plan B de la señora gobernante, tiene como propósito hablar y proteger a “su pueblo”, es decir, sus intereses de grupo y reforzar el dominio autoritario del Estado sobre la sociedad mexicana. Se trata de un proyecto de índole antihistórica por su promoción de la inmovilidad social que olvida tanto lo político como lo social. Y, en este caso, lo único que no existe es la democracia como bien superior.

Para que exista una democracia en México se requiere, sobre todo, de una cultura política y social, precisamente, democrática, definida, antes, por la igualdad, y ahora, en términos modernos, por una cultura y prácticas democráticas que ya no están solo al servicio de una sociedad como la mexicana, en abstracto, y ni siquiera de los individuos, sino, como propone Alain Touraine, de los seres humanos en tanto Sujetos, creadores de sí mismos, hombres y mujeres, que se expresan en sus realizaciones y satisfacciones de su vida individual y también con su participación en la vida colectiva.

Para tener una democracia que sirva a todos los mexicanos nos debemos olvidar de la superioridad aplastante del Estado morenista y promover, al máximo posible, la limitación del poder del Estado mediante las leyes y el reconocimiento pleno de los derechos fundamentales de los seres humanos; otorgar una mayor importancia a la ciudadanía, mayor respeto a la Constitución y a las costumbres morales, las prácticas éticas, religiosas, familiares que integran la sociedad, el respeto a las leyes y a los seres humanos prójimos, para equilibrar libertades e igualdades según las necesidades; y el cuidado hacia los tipos de representantes populares en la sociedad política, y restricciones a los poderes políticos de la oligarquía, de los integrantes de cuerpos empresariales asesores de los presidentes (sobre todo de los dos últimos) sin dejar de crear condiciones para el desarrollo empresarial.

Estas concepciones, difíciles de llevar a la práctica, son, sin embargo, indispensables como objetivos en proceso de construcción si queremos construir el elemento insustituible de la auténtica democracia que siempre ha estado ausente en México debido al predominio de los hombres fuertes y del Estado autoritario. Se trata de la autonomía del Poder Político, con su principal bastión, que son los integrantes del Congreso, respecto tanto del Estado como de la sociedad civil.

La nueva reforma electoral sólo traerá más dominio despótico sobre los ciudadanos, restricción de libertades y mayores obstáculos para erradicar la corrupción, romper las alianzas del poder político con el crimen organizado y desafortunadamente, impedirá el progreso económico de las clases medias, de las clases desfavorecidas y alimentará el poder económico del favorito de la presidente (Slim) y sus demás compinches empresariales.

 

francisco.montfort@gmail.com