Por Darío Fritz
Algún día se podrá recordar cómo fueron aquellos días sacados de cuentos de terror. Días de una realidad voraz. Empezó con unos tipos duros y de piel ajada por el sol que bajaban de la sierra con su carga imposible al hombro de vitales matas de adormidera, para paliar la vida, en un viaje de miles de kilómetros, de los soldados gringos que en la guerra en Europa y el Pacífico necesitaban de ellas para calmar el dolor de las heridas. Pasada la guerra, llegó el terror. Las matas transformadas en químicos ya no paliaban dolores, sino que elevaban los sentidos a viajes a otros mundos que alguien dijo debían prohibirse. Y como toda prohibición más y más las buscaron. Y más y más vieron un negocio atractivo, capaz de hacer realidad el sueño de salir de la miseria de la noche a la mañana. Mientras, otros, vestidos con trajes finos, ya no de sombrero, botas puntiagudas y fusil al hombro, llevaban y traían sus ganancias portentosas de banco en financieras, de financieras en mansiones suntuosas y autos de lujos, de empresas fantasmas a paraísos del dinero oculto. Hubo organizaciones secretas, armas y muertos por esas armas. En el terreno, en las mismas sierras de los orígenes y en muchas otras, en carreteras, autopistas y calles de barrios y poblados, ciudades y megalópolis, la atracción del negocio llevó a rencillas encarnizadas, masacres para apropiarse de territorios, compra de voluntades por doquier; del policía de la cuadra al comandante de la región, del general que se hizo amigo y socio de los dueños del territorio al alcalde y el gobernador. En aquellos días de realidad voraz como cuentos de terror, la señora que pintaba uñas en el mercado, el pollero de la cuadra o el transportista de ganado pagaban una cuota a aquellos herederos de Lucky Luciano y Meyer Lansky que ya no se conformaban con andar de un lado a otro con los químicos prohibidos para la fiesta y la adicción. Ahora también transformaban el secuestro en negocio boyante, y se sofisticaban: se adueñaban de la aduana de un puerto o contrabandeaban combustibles de un país a otro, invertían en clubes de futbol o compraban los músicos y las letras de sus canciones para que dieran cuenta de sus tropelías y bondades como supuestos Robin Hood y héroes de la talla de El Santo, Blue Demon o el Perro Aguayo. En los días como cuentos de terror se hacían ver con fogaratas de camiones y carros robados, tumbaban un helicóptero militar, espiaban y atacaban con drones, se adueñaban de cámaras de seguridad de las ciudades, sacaban jóvenes de sus casas para hacerlos su carne de cañón, atraían a otros con el poder de una Beretta en la cintura, acababan en cenizas en un tambo o enterrados en tumbas en el monte a quienes se les antojara. Pero hubo un momento, algún día, quizá en un tiempo corto, en que aquella pesadilla acabó. Los jóvenes ya se pudieron negar, abrir un comercio no implicaba gastos extras, por las carreteras se circulaba con seguridad día y noche, nadie se asociaba a la criminalidad. ¿Cómo comenzó la rebelión? No se sabe, los historiadores, los sociólogos y politólogos, algún advenedizo de esos que suelen encontrarse en la televisión y los diarios, podrán decirnos hacia dónde lleva su intuición que lo explique. Pero ocurrió y eso es lo que importa. Quizá porque la rabia y el hastío, siempre tardados en reaccionar, hicieron clic y entraron en acción. Quizá porque el miedo ya no importaba, nada se perdía con tanto perdido hasta entonces. Quizá el terror dejó de ser parálisis para transformarse en estallido. Quizá porque tanta impotencia se volcó en odio, y el odio halló el coraje, y del coraje brotó la hazaña. Quizá porque de tan grotesco, demasiadas décadas de esa chocante burla, aquello requería ya de normalidad. Quizá porque se dijo basta ante tan miserable pesadilla. Quizá porque desde el orden ahora sí les nació la obligación de poner orden. “Aunque parezca un contrasentido, nunca estás más vivo que cuando estás casi muerto”, dice Tim O´Brian en “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”. Quizá, lo que ocurrió en Tapalpa en la mañana del domingo 22 de febrero, fue el punto de quiebre que explica esa vuelta de tuerca esperada por todos.