Marx Arriaga. ¿Quién manda en México?

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Por Juan José Llanes

Creo que el tema de fondo en relación con el patético vodevil que protagoniza el depuesto director de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, se limita a una sola cosa: la llamada que tenía que recibir para que dejara el cargo, no debía proceder de la oficina del titular de la SEP ni de la Presidencia de la República, sino de Palenque. O -por lo menos- de la ex primera dama.

Y es que, dejando de lado el desastre que significó el diseño de los libros de texto (que, además de su tendencia al adoctrinamiento, estaban mal hechos), Arriaga no entendió que quien lo puso en el cargo ya no es presidente de México.

El «atrincheramiento» de Arriaga revela en su cruda realidad cómo se distribuye y ejerce el poder en este país, y cómo se materializa el meta-constitucional que ejerce López Obrador desde su «retiro».

Incrustado desde el sexenio pasado en una oficina de la SEP, Arriaga no entiende su defenestración como lo que es en realidad: el ejercicio de una facultad de los titulares de las entidades públicas de remover libremente a los empleados de confianza: un director, por ejemplo.

Arriaga pretende que sea un «golpe» perpetrado por la «derecha» y la cristalización de «traiciones» a un proyecto. Para él la ecuación es simple: si se mueve un poco el timón en el ejercicio del poder, se «traiciona». No alcanza a advertir que sus acciones debilitan a la Presidenta de México, porque delatan que la sujeción a las normas que facultan a un superior a disponer de un puesto de confianza, debe pasar (para concretarse) por la aprobación de quién realmente gobierna.

Marx Arriaga confirma lo que los detractores de la 4T insinúan: que se vive en un maximato. Pero al ponerse en el foco de la atención pública, expone también la dramática incongruencia de los operadores del régimen: comunistoide él, tuvo un salario neto mensual de más de cien mil pesos. Adicto y fiel al obradorato, no lo es a su continuación que encarna Claudia Sheinbaum. Privilegiado en su formación (fue a buenas escuelas), Arriaga se autodenomina (como tantos) «luchador social», pero nunca logró traspasar la frontera que separa lo superficial del activismo «woke» de la auténtica lucha social.

No he leído nada que me indique que Arriaga (como tantos otros actores políticos del morenismo) diga de sí mismo que es un «respetuoso seguidor de la ley», que resulta ser el mantra de, quienes con el poder ahora, violan las normas a la luz de la idea de que la «justicia» (a como la entienden) debe estar por encima hasta de la Constitución.

Pero, como sea, hasta ahora Marx Arriaga no ha reconocido que su decisión de acampar en la que fuera su oficina, no solo violenta las normas generales (que la 4T dice respetar), sino que socava -de paso- un cuestionado poder presidencial que lleva a preguntarse en dónde se toman, realmente, las decisiones.