Por Uriel Flores Aguayo
Si al menos los gobernantes aplicaran el sentido común en su quehacer habría muchos beneficios para la ciudadanía. Hay que hablar y defender con hechos el sentido común. Las definiciones están en el diccionario, no me detengo en eso.
Algo de sabiduría tiene el sentido común, le va mejor a quien lo domina. Es válido para todo mundo en cualquier tipo de situaciones. Es tan obvio que no se ve con claridad, lo tenemos ante nuestros ojos y poco lo vemos. A los gobernantes hay que exigírselos para el bien común. Debería ser su criterio prioritario a la hora de nombrar funcionarios y de aplicar políticas públicas, así como utilizar el presupuesto. No es menor levantar la bandera del sentido común como punto de partida y guía gubernamental. A estas alturas es hasta estratégico apelar a ese sentido básico.
Mucho de sentido común hace falta en la deliberación pública, tan polarizada, dispersa, paralizada y ambigua. Si falla la educación, se limita la cultura y escasea la información, lo que resulta, obviamente, es un debate pobre e intrascendente. En esas condiciones, todo se vuelve circular y pérdida de tiempo. A falta de ideas y visión crítica, lo que se impone es la ignorancia, los gritos y la propaganda. El que no sabe opina a oscuras y reproduce cualquier cosa.
Es entre curioso y espeluznante leer afirmaciones que rondan las barbaridades y todo tipo de fantasías. Así es casi imposible el diálogo y la construcción de consensos. Sin crítica y autocrítica, sufre la tolerancia. Sin información de calidad y falta de postura crítica abundan las posiciones chatarra e infinitas teorías conspirativas. Para tener una mejor sociedad y contar con mejores gobiernos es indispensable la educación de calidad, un sólido entorno cultural, libertad irrestricta de expresión y ciudadanía informada. Lo contrario es el odio, la ignorancia, los cultos personales, los charlatanes, las teorías de la conspiración, la demagogia y, lo peor, la pérdida de tiempo y energía social.
No tenemos que ceder a un ambiente tóxico y extremadamente limitado. No desanimarnos ante las consignas y ocurrencias. Es un deber y derecho de la gente. Leer, informarse, opinar, respetar y argumentar es, hoy por hoy, una necesidad social que define quiénes somos y qué aportamos a nuestra sociedad.
Recadito: acierto concreto en las jornadas de atención ciudadana llamadas día del pueblo en Xalapa.