Nadie se salva solo

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Por Darío Fritz

Una prima cercana al miedo suele ser la desconfianza. Cuando en el miedo dejamos ver la angustia por un riesgo o daño real que puede concretarse, en la desconfianza estamos unos pocos escalones más abajo atentos a que de un zarpazo nos quiten algo preciado. Si el podólogo trata por varias semanas una fascitis plantal sin resolver el dolor y de pronto sugiere infiltración u operar un molesto espolón, salta una mueca de suspicacia. Si el deportista promete un primer lugar, entra a correr la duda. Si el gobernante promete llevar seguridad a la colonia hay que levantar un muro de incredulidad. Se nos ha hecho común desconfiar. Aquello de “te va mi palabra” como sinónimo de confianza ya nadie se la cree, el “te lo juro por mi madre” se asemeja más a mentira edulcorada. Por lo mismo se lo usa poco.

¿Quién no desconfía del taco a mitad de precio? ¿Del préstamo de dinero a tasa de interés baja? En el periodismo usamos una frase: “Desconfía hasta de lo que te dice tu madre”. Ante lo que vemos y escuchamos a diario, y que no es nada confiable, parece que vamos a dar paso hacia ese estadio del primo cercano, llamado miedo. Y el peligro con el miedo está en la parálisis y la incapacidad de actuar.

Un estudio global acaba de medir la desconfianza. Eso que todos experimentamos a diario está allí, aunque las consecuencias que trae aparejadas son las que hacen trastabillar cualquier intento de consuelo.  Medida la desconfianza entre 37,500 personas de 28 países (se incluye a México), 70% expresaron que no están dispuestas a confiar en alguien con valores, experiencias o antecedentes distintos. Solo un tercio confía en la mayoría de las personas y como consecuencia, campea el pesimismo: en ningún país la gente ve mejorías para el futuro más allá del 23% de los casos.

El fenómeno de la desconfianza, con 25 años de antecedentes, que no lo hace nuevo, dice el trabajo de Edelman Trust Barometer, describe un fenómeno preocupante: le llama “insularidad” social y no es más que el repliegue individual hacia el granito de arena del mundo donde nos movemos. Han surgido “ecosistemas cerrados” sin diálogo, ni debates y con rigidez cultural, es decir, que no salimos de pensamientos ni ideas ya formateadas. «Optamos por la seguridad de lo familiar frente al riesgo percibido de la innovación. Preferimos el nacionalismo a la conexión global. Elegimos el beneficio individual sobre el avance común, el Yo sobre el Nosotros», advierten los autores. Hay mayor inflexibilidad, intolerancia e incoherencias por acurrucarnos en ese espacio diminuto y confortable. Describen una “resistencia al cambio” donde por ejemplo ya no se quiere luchar contra las consecuencias del cambio climático porque priman los intereses económicos. Se rechaza la innovación, el humor social cambia bruscamente o casi 42% prefiere cambiar de área de trabajo antes que compartir sus actividades laborales con quienes piensan distinto.

Así como a los más jóvenes le generan desconfianza la inflación, la pérdida de empleos por la IA y la desinformación, al punto de pasar de la ira a la aceptación de que no se puede hacer nada, en el campo económico la falta de confianza impacta en las tasas de interés que pagan los países por sus deudas -caso Colombia y Argentina-. Punto y aparte, añadamos la reforma judicial y las reticencias a invertir que instaló entre los empresarios o las consecuencias de las extorsiones del crimen organizado para el comercio.

La ponzoña de la desconfianza viene de lejos. Ya en 2014 una encuesta levantada por el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) revelaba que en México 66.4% de los consultados no confiaba en la gente (71% mujeres) y 85.2% sentía que si no se cuidaban otros se aprovecharían de sus debilidades. También el INE, analizaba a principios de esta década que la desconfianza ciudadana en gobiernos y partidos políticos estaba dada por la corrupción, el clientelismo y la discriminación.

“Las normas pierden legitimidad, las instituciones se vacían de sentido, la cooperación social se encarece y el conflicto se vuelve permanente”, concluye el Edelman Trust Barometer. “Y en casos extremos, la tendencia a imponer salidas violentas”. Como antídoto podemos recurrir a la frase del pedagogo brasileño Paulo Freire, escrita en 1970: «Nadie se salva solo, nadie salva a nadie, nos salvamos en comunidad.»  El Papa Francisco la retomó en plena pandemia para popularizarla como “nadie se salva solo”. Construir confianza, si eso se pretende como salida, requiere de tiempo. Y sino veamos lo que es su antítesis, el mundo que los Trump quieren prescribirnos.