La esfera pública

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Por Carlos Tercero

La esfera pública es el ámbito material, simbólico y normativo en el que una sociedad se piensa a sí misma. Es el espacio donde los individuos intercambian argumentos, confrontan intereses y construyen juicios sobre los asuntos que les afectan en común. No es un lugar físico ni una institución formal, sino más bien un entramado de prácticas comunicativas que articula ciudadanía, medios e instituciones, y en el que lo privado adquiere relevancia política mientras lo político se somete, de forma crítica, al escrutinio colectivo. Allí se forma la opinión pública y se legitiman o erosionan muchas de las decisiones de autoridad que configuran la percepción de la vida democrática.

Aunque sus antecedentes pueden rastrearse en la polis griega y en las discusiones ilustradas del siglo XVIII, fue Jürgen Habermas quien formuló el concepto en términos modernos al concebir la esfera pública como un espacio de racionalidad comunicativa, abierto y libre de coerción, donde el mejor argumento debería imponerse al poder económico o político. Esa formulación, sin embargo, siempre tuvo un carácter normativo. En la experiencia histórica concreta, la esfera pública nunca ha sido plenamente igualitaria ni neutral. Ha estado atravesada por desigualdades estructurales, jerarquías culturales y mediaciones tecnológicas que condicionan quién puede hablar, con qué autoridad y con qué capacidad real de incidir.

En nuestra época, la esfera pública ya no puede entenderse como un foro homogéneo ni como un debate ordenado entre actores equivalentes. Funciona más bien como un ecosistema fragmentado, marcado por flujos constantes de información, por la competencia entre narrativas y por una tensión permanente entre deliberación y propaganda. La expansión de las plataformas digitales transformó de manera profunda sus reglas; amplió el acceso a la palabra y redujo los costos de participación, pero también debilitó los filtros de veracidad, incentivó la polarización y convirtió la atención pública en un recurso escaso y disputado.

En México, estas transformaciones han adquirido una relevancia particular, dado que, durante buena parte del siglo XX, la esfera pública estuvo subordinada a un régimen político que controlaba los canales de información, disciplinaba a la prensa y limitaba la pluralidad del debate. La transición democrática abrió espacios para la crítica, diversificó las voces y amplió las libertades expresivas, pero no logró consolidar una cultura deliberativa sólida. A ese proceso inconcluso se sumó, en años recientes, una transformación tecnológica y política acelerada que reconfiguró la conversación pública sin que existieran instituciones capaces de ordenarla y dotarla de reglas compartidas.

El resultado es una esfera pública intensamente activa, pero crecientemente polarizada. Por un lado, sectores históricamente excluidos encontraron en el entorno digital una vía para hacerse visibles y disputar agendas, logrando incidir en el debate público con una fuerza inédita; por otro, la conversación se volvió más áspera, más emocional y menos deliberativa. La lógica algorítmica que organiza la visibilidad en las plataformas digitales tiende a premiar la reacción inmediata por encima del argumento, la consigna sobre el pensamiento crítico y la identidad sobre la deliberación racional.

Cuando el poder se comunica sin mediaciones críticas y descalifica de forma sistemática a quienes lo cuestionan, la esfera pública se empobrece. Deja de ser un espacio de contraste y se transforma en un terreno dominado por lealtades y antagonismos. La desinformación, las campañas de descrédito y la erosión de la confianza en los medios y en las instituciones fragmentan aún más un espacio que, por definición, debería ser común.

El desafío no consiste en idealizar ni rechazar el pasado, ni en confrontar la digitalización como si se tratara de un fenómeno reversible, sino en reconstruir una esfera pública compartida, sostenida por medios profesionales, autoridades dispuestas al escrutinio y una ciudadanía consciente de que participar no equivale a descalificar. La esfera pública no es un legado asegurado, sino una práctica cotidiana; de su calidad dependen la legitimidad del poder, el nivel del debate democrático y la posibilidad de sostener una vida pública común.

 

3ro.interesado@gmail.com