Quebradero

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Desde la última fila

 

Por Javier Solórzano Zinser

El Mundial del 70 tuvo una muy alta dosis de magia. Durante un mes nos dedicamos a la fiesta y el relajo.

La tribuna se extendió a las calles. En un buen número de ciudades los aficionados se dedicaron a festejar por las principales avenidas los triunfos de México y los de cualquier selección. Vivimos en medio de la diversión, la cual le cambió la cara al país. Habíamos dejado atrás los Juegos Olímpicos con sus brutales antecedentes del 68. Nos dimos un espacio para dedicarnos al juego, a la diversión y a hacer nuestra fiesta.

Brasil y Guadalajara se enamoraron. Es probable que el futbol que jugaron los brasileños en el Jalisco y en el Azteca haya sido un parteaguas. No hay manera de compararlo con el futbol de hoy. En aquellos tiempos un jugador podía caminar metros y metros con la pelota sin que alguien se le apareciera. Hoy en día, en cuanto se recibe el balón, los jugadores tienen encima como pegostes al menos a dos adversarios.

Brasil auténticamente jugaba al futbol. Todo lo que hacía sorprendía. Pelé seguramente hizo el mejor no gol de la historia. Rivelino lanzó un pase largo desde la izquierda que dejó al portero uruguayo y al brasileño cara a cara, Pelé dejó pasar la pelota, lo que dejó fuera de la jugada a Ladislao Mazurkiewicz.

El brasileño pasó por atrás del portero y, de manera incómoda le pegó a la pelota exactamente al poste contrario desde donde se quedó. El Jalisco se quedó en silencio para explotar al momento en que la pelota pasó rozando la portería.

Italia y Alemania jugaron una semifinal de un toma y daca interminable. Parecía que el juego se definía en favor de uno u otro en los tiempos extras, hasta que Italia ganó para calificarse a la final. Mi madre, que fue al estadio, me dijo que nunca había visto algo así en su vida, fue algo inolvidable a pesar de que perdió Alemania.

Con la selección mexicana, como ahora, todo fue sufrir. Con la URSS empatamos en un muy desangelado juego de inauguración. Contra El Salvador las cosas terminaron 4-0 con un Azteca eufórico que se dedicó a la fiesta coreando los goles más que pensando en quién era el rival.

Bélgica se nos atravesó para pasar a la siguiente ronda. Fuimos de los 120 mil aficionados que nos metimos al estadio para participar del jolgorio y la esperanza. El boleto nos llevó a la última fila del Azteca. Entre que veíamos el juego y suponíamos lo que pasaba, nos la pasamos en el grito contenido por los temores que el futbol mexicano nos sigue teniendo acostumbrados.

El árbitro marcó un penalti en favor de México. Desde la última fila vimos caer al cabo Valdivia ante la euforia del Chalo Fragoso. El histórico Capi Peña colocó el balón y sin dudar lo colocó a la izquierda del portero, se convirtió en el gol de la calificación. A partir de ese momento todo fue sufrir, como al final del juego en que Javier El Kaliman Guzmán hizo una pirueta formidable que impidió el empate de Bélgica, el cual nos hubiera dejado fuera. Lo que sí permitió fue la euforia, el grito y la algarabía en la calle.

Desde la última fila todo era fiesta. Poco importaron las escaleras y los eufóricos túneles del Azteca. El periférico se convirtió en el inicio del relajo.

Esa noche resultó interminable. Avenida Reforma, Insurgentes, y muchas calles fueron convertidas en el baile, las porras y como en pocas ocasiones, la convivencia.

El siguiente paso era definir dónde jugaría México el juego de cuartos de final. En un absurdo la selección terminó de Toluca, teniendo enfrente, ni más ni menos que a Italia.

La euforia y la esperanza duraron 30 minutos. La Calaca González abrió el marcador y después todo se vino abajo. Italia nos pasó por encima de manera artera y mató la esperanza, pero no la fiesta.

Lo que vino después fue la historia conocida muy propia del futbol nuestro de cada día. Nos eliminaron en Haití, quedamos en último lugar en Argentina y nos volvieron a eliminar para España. Logramos estar en el Mundial del 86 porque nosotros lo organizamos.