Por Darío Fritz
Hay tiempos que se parecen como los amaneceres confusos de la Ciudad de México donde puede brillar el contorno esplendoroso del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl o dilatarse tras las brumas de la contaminación que lo tiñen de desazón. Una analogía con los días del coronavirus viene al caso. La carga de incertidumbre, manojo de nervios, tormento, sufrimiento y convivencia con la muerte de aquellos meses de hace casi seis años nos tienen desde 2025 bajo la misma pesadumbre, fastidio e incredulidad.
Como la pandemia, nos llegó de fuera, encadenados a un carrusel de amenazas, nos aferró a la ley de la selva del sálvese quien pueda –aquello de la solidaridad fue una respuesta efímera ante el espanto –, que así como en 2020 nos metió a dirimir entre resolver la salud o afrontar la quiebra económica, hoy nos pone a dirimir entre agachar la cabeza o afrontar con cabeza fría los embates del matonismo.
No fallan como antes la eficacia de la mentira, la intoxicación con falsedades, el macabro juego de aprovecharse de las debilidades del otro, el pretexto de esquivar el peso de las víctimas o la esperanza fingida de futuros tiempos alentadores luego de aguantar el huracán. De estar al pendiente de las cifras diarias de contagios, camas ocupadas en hospitales y mortalidad, pasamos a las pérdidas que nos deparan los caprichos de los aranceles, las advertencias de invasiones militares, la descalificación personal, la amenaza de que cuando quiera y como quiera te pondrán la suela del zapato encima y acaso te darán la oportunidad de chistar.
Si aquello daba tiempo para fiestecitas escandalosas, de las privadas como las públicas, hoy la fiesta es la que nos estampan en la cara los propaladores de odio, los orgullosos de hundir a los más débiles, los ladrones impunes de riquezas ajenas, de los que se ríen del confinamiento implícito que han impuesto sobre quienes pretenden sobrevivir y vivir en paz.
Cuesta un dolor de estómago diario desayunarnos, ir a la oficina, pagar las cuentas, y que detrás de cada entrada a los canales digitales de acceso a noticias, redes, encendidos de radios y televisoras, nos peguen entre ceja y ceja lo último que ha dicho, hecho o implicado la verborragia maliciosa del prepotente señor que preside Estados Unidos. Y que pase casi que al lugar de lo secundario las torpezas sobre la reforma electoral, el empresario negado a pagar impuestos, el senador que desconoce de clases en un avión, la gobernadora oficialista que vuelve a desplegar su autoritarismo en Campeche, las cuentas agrias sobre la negociación del T-MEC, los últimos socios menores que caen del narco, Julio Iglesias investigado.
Dice la escritora y académica Siri Hustvedt que “El fascismo -en referencia a Donald Trump- no respeta el principio de realidad. Establece un mundo hermético propio con su propia lógica alternativa”. Aun así, hacerle el juego de inundarnos a diario con sus frases efectistas, sin aportar instrumentos que hagan a entenderlo y aportar salidas, solo contribuyen a normalizarlo.
Si del desaliento y la fatiga pandémica salimos, por qué no saldríamos de esta, la fatiga trumpista.
¿Cómo lo haremos, bajo qué resultados? Puede que pensarlo fluya como un pensamiento estratégico. Pero no solemos actuar así. Nunca supimos cómo sería en el caso de la pandemia, y para cada uno el éxito estuvo en su propio mundo. Medidas sanitarias personales, encerrarse, vacunas y lo que la suerte haya aportado. La individualidad no pega como solución para afrontar el nuevo orden “Donroe” con que Trump y los suyos –sus opositores demócratas lo continuarán luego a su modo, seguramente – imponen la sujeción de los demás.
El virus está ahí y llegó para quedarse. Dado que lo colectivo hoy suena a palabra hueca –por eso también este fascismo 2.0 o 3.0, como se le quiera llamar, se impone–, algo nos tocará hacer, de todos modos. Algunos ya resisten; gente que confronta y protesta contra el racismo del ICE, algunos gobernantes en el mundo que plantan cara, el trabajador que le recuerda al presidente su relación con un pedófilo. No suena a harakiri.