Juan Rulfo, la vigencia de un rumor que no se apaga

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Han transcurrido cuatro décadas de la partida de Juan Rulfo (7 enero de 1986) y su obra no solo es una referencia literaria, se ha transformado en una advertencia de las veladas dictaduras del siglo XXI. Se puede reconocer que Rulfo no buscaba explicar a México, sino escucharlo, retratar pasajes del ejercicio del poder como patrimonio del resentimiento.

Aún después de su partida, la figura de Rulfo permanece gigante, no por la grandilocuencia de sus palabras (qué, por cierto, él mismo detestaba), sino por su capacidad casi mística para escuchar a México en lugar de explicarlo, él sabía que escribir es una forma de mentir para rescatar lo real, y en esa mentira nos heredó el retrato más crudo y fiel de nuestra identidad.

Pedro Páramo, antes que novela, es la gran metáfora de nuestra desolación. Juan Rulfo entregó un paisaje pétreo y estéril que hoy, sumidos en el dolor, reconocemos al abrir cualquier diario. En Comala, la figura paterna es una sombra que todo lo devora y la imagen materna es un abismo de desamparo; por lo tanto, esta obra del realismo mágico puede asumirse como el retrato de una orfandad histórica que no hemos logrado sanar. El escritor jalisciense entendió que en esta tierra los muertos están más vivos que los vivos, porque sus cuentas pendientes siguen dictando el presente, como ocurre con muchos gobiernos actuales.

Asimismo, en Pedro Páramo emerge el vacío de Estado representado en la figura del cacique de «La Media Luna”, para el personaje no hay ley que se interponga, ni precio que no pueda pagar. Su voluntad es la única institución vigente, es rencor vivo, es el hombre que no conoce el afecto, salvo por el hijo que encarna sus peores vicios o por la mujer inalcanzable que prefiere la locura antes que entregarse al tirano.

El México de la actualidad se parece a Comala, pueblo espectral de mujeres enlutadas y hombres que se envalentonan con la muerte a la menor provocación. El poder en turno es rencor vivo, por lo tanto, desconoce la ley y se alimenta de la polarización y el agravio, mientras las mujeres siguen recorriendo los páramos buscando a sus hijos desaparecidos entre la tierra y el polvo. La figura de un patriarca autoritario se alza implacable como en “Pedro Páramo”, recordando que, solo quién se resguarda bajo su protección y lo acepta está a salvo.

Es ahí, donde los murmullos de la obra de Rulfo nos reflejan una imagen actual, dolorosa, que parece mostrar a México como ese enlutado páramo. La fiesta y el color son apenas un breve remanso que subraya la pesadumbre de una realidad donde el poder vuelve a ejercerse en una nación que, por momentos parece sumirse en la orfandad.