El triunfo de los más salvajes

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Por Darío Fritz

Petróleo. Petróleo. Petróleo. A la clase política estadunidense le brillan los ojos cuando se trata del recurso energético más valorado desde 1859 cuando Edwin Drake perforó el primer pozo petrolero comercial en Pensilvania. George Bush y Barack Obama se fueron sobre Irak y Libia detrás de él, aunque en los motivos adujeran en las invasiones sobre sus territorios otros argumentos más ramplones (la capacidad nuclear en uno y la democracia en el otro). Administraciones republicanas y demócratas para dejar en claro que a los intereses económicos no le van los sesgos ideológicos, aunque entre ambos solo los diferencian los matices. El caso de Venezuela y Donald Trump se hace más patético y sincero a la vez por la verborragia y crudeza con que el jefe de la ultraderecha global anuncia cómo llevar a cabo su cruzada America First donde no caben piedras en el camino si se trata de sacarle el jugo a la economía y las finanzas del mundo para beneficio propio: llámese aranceles, petróleo o monopolio de las empresas tecnológicas.

Con el caso de los aranceles puso patas para arriba el comercio mundial en 2025, encajonando aliados o confrontando con el principal enemigo a batir, China. Ahora comienza el segundo año de mandato colocando la principal fuente energética en el centro de sus aspiraciones imperiales. Su repugnancia a cualquier cuestionamiento sobre los efectos de la extracción de recursos fósiles para el medio ambiente y la economía lo arrastra desde el primer mandato. Venezuela, con la reserva más grande del mundo, no es la única dispuesta a controlar. También juega como lo ha dicho después del éxito del secuestro de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, esa especie de sexto continente que es Groenlandia y la necesidad de hacerse de él: por las buenas, colocando el dinero que sea necesario para convencer a dinamarqueses y groenlandeses, o por las malas con otra invasión militar, esta sí para quedarse. El calentamiento global, donde el uso de combustibles fósiles tiene una influencia determinante, lleva al derretimiento de las gruesas capas de hielo del Ártico y la posibilidad de comenzar allí la explotación de un suelo rico en petróleo y también la posibilidad de que grandes buques puedan atravesarlo para bajar el coste del transporte del comercio mundial. Groenlandia tiene una implicancia geoestratégica mucho mayor que los 303 mil millones de barriles de crudo venezolanos (17% del suministro mundial). Y detrás de él también está el enemigo chino, y Rusia que no le va a la zaga. Ganar la carrera de su control se hace imperioso.

El petróleo venezolano tiene un alcance a largo plazo. Echar a andar esa industria destruida por la revolución bolivariana de Maduro tiene un coste que va entre los 50,000 y 100,000 millones de dólares, por sus dificultades de procesamiento, que ninguna empresa petrolera estadounidense estaría dispuesta a encarar en el corto plazo, como advierten los expertos en energía, y que podría abaratar aún más su precio de mercado al incrementar la oferta. De ser así, a los amigos petroleros de Trump se le acabaría el negocio de explotar las reservas en Estados Unidos (octava en el mundo). Pero, más allá de cobrarse deudas por expropiaciones, como alardea, a Trump –y quienes le seguirán en el futuro–, tener ese activo caribeño bajo su tutela, le servirá para próximas décadas cuando se espera una caída de la producción por el vaciamiento de los pozos que hoy han entrado en proceso de agotamiento.

Trump ha logrado poner a la defensiva a todo mundo –apoltronarse en el conformismo se ha hecho causa común– y salirse con las suyas. Se ha visto con los aranceles, donde cada uno de los afectados ha aceptado sus diatribas y resuelto en negociaciones individuales un amortiguamiento del daño, que en cualquier momento puede volver cambiar según le plazca. Con la intromisión en Venezuela y las amenazas sobre Groenlandia se ha dejado ver también, el susto y parálisis colectiva, que bien puede llamarse cobardía, de una comunidad internacional agazapada para que los zarpazos no le toquen, aún y cuando se sabe que se está saltando todos los candados del derecho internacional, haciendo lo que le viene en gana -el retiro de 66 organizaciones multilaterales habla de su desprecio por la armonía entre naciones y sujetarse a acuerdos preestablecidos. El caso de una Europa que se asume derrotada sin plantar cara siquiera resulta el más patético. Y peor le resultará cuando vea Groenlandia ocupada –por las malas, seguramente– y solo responda con indignaciones de papel, porque no tendrá ni intenciones ni herramientas económicas y militares para confrontar.

El nuevo orden mundial se ha instalado. La ley del más patán y guerrero se impone en la selva. La administración Trump lo ha dejado claro para América Latina, gobernará Venezuela, como se ha ufanado, y lo ha escrito a fines de año en su Estrategia de Seguridad Nacional, actualización de la Doctrina Monroe, que el resto estará sujeto a sus intereses –no se demorará en hacer un conflicto y una excusa intervencionista en el apoyo mexicano a Cuba con petróleo. Rusia puede hacerlo también en Ucrania. Y China, con sus amenazas a Taiwán, aunque lo suyo tiene mejores sutilezas, hacerse del comercio mundial. Parece lo más inteligente.