¿Libertad vacía?

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Por Lyneth Santiago

En la política internacional hay palabras que se usan tanto que terminan perdiendo sentido. “Libertad” es una de ellas. Cada vez que Estados Unidos mira hacia América Latina con gesto severo, esa palabra aparece como justificación. Hoy, nuevamente, el foco está en Venezuela, con Donald Trump retomando la típica narrativa de la cual viene hablando hace tiempo: amenazas de bombardeo, discursos sobre la caída del régimen y rumores de capturas que prometen un final inmediato a una tiranía y crisis económica que lleva más de 25 años existiendo.

La historia suena conocida porque lo es. Maduro, su círculo cercano, su esposa, son los enemigos y se presenta una solución aparentemente simple: eliminar a esas figuras para que la libertad, como por arte de magia, llegue al país. Pero la realidad es que la libertad nunca ha funcionado así.

El problema no es solo el gobierno venezolano ni sus evidentes abusos de poder. El problema es creer o mejor dicho, fingir creer, que una intervención extranjera responde únicamente a una preocupación humanitaria. Cuando Trump habla de Venezuela, no lo hace desde la empatía con su pueblo, sino desde una lógica de poder. Una lógica donde el país se reduce a recursos, influencia y posicionamiento estratégico.

Venezuela posee una de las reservas de petróleo más grandes del mundo. Ese dato, por sí solo, explica buena parte del interés internacional. A eso se suma su importancia geopolítica: quien controla Venezuela tiene peso simbólico y real en América Latina. No es una casualidad que el discurso de “liberación” se intensifique según convenga al calendario político estadounidense o a la necesidad de mostrar fuerza ante otros actores globales.

El lenguaje bélico se presenta como una solución rápida frente al desgaste. A un pueblo cansado del hambre, de la represión y de la incertidumbre, se le ofrece un enemigo externo que promete acabar con todo de una vez. Pero la experiencia demuestra que estas promesas rara vez se cumplen. Irak, Libia, Afganistán, ejemplos que sobran de países “liberados” que quedaron sumidos en el caos, con estructuras destruidas y una dependencia aún mayor de potencias extranjeras.

La captura de un líder no equivale a la reconstrucción ni liberación de un país. La caída de un régimen no garantiza justicia, estabilidad ni bienestar. Sin instituciones sólidas, sin procesos internos reales, el vacío de poder suele llenarse con nuevas élites, nuevos abusos y nuevas formas de control.

Además, este tipo de discursos ignoran deliberadamente algo fundamental, la libertad impuesta desde fuera suele responder más a los intereses del que interviene que a los del pueblo “liberado”. Se promete democracia, pero se negocian recursos. Se habla de derechos humanos, pero se toleran violaciones cuando conviene. La moral se vuelve selectiva.

Trump, con su estilo directo y agresivo, no inventa esta estrategia, solo la dice sin filtros. Su discurso funciona porque simplifica una realidad compleja y la convierte en una historia de buenos y malos. Y esa simplificación es peligrosa. Porque cuando se deja de ver a un país como una sociedad viva y se le reduce a un problema que hay que “resolver”, las consecuencias humanas dejan de importar.

Venezuela necesita cambios profundos, eso es innegable. Pero esos cambios no pueden seguir dependiendo de amenazas externas ni de promesas que históricamente han terminado en más sufrimiento. La verdadera libertad no llega en forma de bombardeo ni se anuncia desde una tarima. No se construye con miedo ni con espectáculos mediáticos.

Mientras tanto, la palabra “libertad” sigue siendo usada como moneda política. Se lanza al aire para justificar acciones, para ganar votos, para mover intereses económicos. Y en medio de ese juego, los pueblos quedan atrapados entre un régimen que oprime y potencias que prometen salvar, pero siempre cobran el precio.

Quizá el mayor engaño no sea la amenaza militar, sino la idea de que la libertad puede regalarse. Porque cuando se convierte en promesa externa, deja de ser un derecho y se transforma en un negocio.