Hágase la luz

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Por Darío Fritz

Chile tuvo la tarde y noche del pasado martes, su revival pandémico. Un apagón eléctrico de más de siete horas desequilibró la vida cotidiana en los más de cuatro mil kilómetros de territorios que como una línea interminable que parece tragarse el Pacífico van del norte al extremo sur del país. En la hora pico del calor, pasada las tres de la tarde, se desconectaron el metro, los semáforos, internet, cajeros automáticos, refrigeradores, aires acondicionados. Infinidad de actividades se volvieron inocuas: oficinas, escuelas, comercios, gasolineras, el Festival de música de Viña del Mar. Más de ocho millones de personas afectadas. Fue un clásico desaseo de las empresas privadas operadoras del servicio eléctrico en los tórridos veranos que el cambio climático va convirtiendo las praderas australes del continente.

El espejo chileno sería complejo repetir aquí. La naturaleza nos ha segmentado de tal manera, que la chamarra nos acompaña en la mañana y la playera sobra a las cuatro de la tarde. Los cortes se sufren por zonas, pero no se propagan como peste. Aun así, los efectos de las altas temperaturas que ya no tardan en instalarse –los 15 de marzo son su punto de partida, dicen los estudios meteorológicos– dejan sus rastros: 2023 tuvo 419 casos de muertes por calor y en 2024 alcanzó a 331 defunciones. Pero los datos previos del registro de la Secretaría de Salud explican qué tanto las temperaturas altas se han instalado. Si juntásemos todos los decesos de 2012 a 2022, el promedio da 29 casos. Sumados esos diez años, alcanzan a 320 muertes, algo menos a la estadística del año pasado.

Quiso la suerte –ese atributo de la Providencia, según Eric Ambler– que el apagón chileno fuese a media tarde y no después de las ocho, cuando el sol cae sobre las aguas del Pacífico y aquello se convirtiera en un caos para quienes anduvieran en la calle. El azar dejado a la naturaleza aportó en México lluvias tan intensas en 2024 que apagaron en julio los fuegos de un calor extremo y liquidaron por un rato la sequía amenazante para el abasto de agua, el otro problema aparejado. Más de un funcionario de un Estado sin políticas preventivas, pudo quitarse el sudor cuando ya se comenzaban a pensar, porque otra opción no había, en medidas impopulares para racionalizar el agua.

Bebés y adultos mayores son los más sensibles a las altas temperaturas, pero los datos de fallecidos, según el Inegi, son trabajadores de la calle –ambulantes, choferes, obreros, agricultores– menores a 49 años. El cambio climático también se ensaña con quienes cuentan con menores recursos –apartheid climático se le ha denominado. Los datos científicos como los analizados por Oxfam señalan que en cinco años las emisiones per cápita derivadas del consumo de las personas más ricas del mundo (el 1%) multiplicarán por más de 22 el nivel compatible con el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5° centígrados. Mientras las personas y países ricos son los causantes de la crisis climática, las personas más afectadas por sus impactos son aquellas que viven en la pobreza –principalmente mujeres e indígenas.

El corto plazo es poco alentador para resolverlo. La opción de cobrárselo a los ricos como proponen Oxfam y Luis Lula da Silva, no halla eco entre quienes deben sacar la billetera –Carlos Slim, uno de los que más contamina en el mundo por el tamaño de su riqueza, se ha negado a pagar impuestos a la fortuna–, y los acuerdos como la cumbre climática COP29 de noviembre pasado, han sido asumidos como un fracaso hasta por algunos de sus firmantes. Ya Donald Trump dispuso cesar o revocar compromisos financieros sobre cambio climático. Muchos le seguirán.

Si entrada la noche chilena alguien se puso allí a mirar el cielo oscuro, seguramente descubrió, dentro de la pesadumbre del apagón, la belleza de un cielo cóncavo –así se ve allí, y no plano como en esta parte norte del continente– plagado de estrellas titilantes, y un bullicio nocturno extinguido varios decibeles para satisfacción del silencio.  Llevar a la práctica apagones como el chileno se antoja una opción, aunque no resolverán los aumentos de temperatura que los gobiernos se niegan a resolver. Como la pandemia, sí podrán poner un rato de sensibilidad sobre lo que hacemos y nos rodea, aunque el mundo que le suceda después potencie una etapa superior al horror.

 

@dariofritz.bsky.social