Divorcio sin paz

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Por Uriel Flores Aguayo

La sociedad política, “el sistema”, está divorciada de la sociedad civil. En México y en Veracruz. Es un divorcio de hechos, nunca hubo un matrimonio como tal. Tenían una relación informal de “unión libre”. Es una separación duradera, a veces silenciosa, a veces conflictiva. Intentos de reconciliación ha habido muchos, sobre todo en los últimos años. Pero no se entienden del todo, han preferido el pleito. Es una relación accidentada de difícil pronóstico.

La política y sus políticas han abusado de la sociedad y sus ciudadanos. Los omiten, los maltratan y utilizan. Los poderes públicos no están a su servicio, tampoco son su prioridad. Los partidos políticos en lo general son clubes exclusivos donde el derecho de admisión es estricto y excluyente: se dedican a sí mismos, no dialogan ni luchan por causas sociales, o lo hacen muy poco. Los senadores y diputados han descendido en sus funciones esenciales, marginándose de su razón de ser: la representación popular. Pasan los tiempos con sus mayorías de un color o de otro y la realidad de una precaria o inexistente representación sigue siendo la misma. Esta crisis de separación es extensiva a los ediles municipales, con regidores ausentes de los problemas principales de la comunidad, más preocupados por el favor o visto bueno de los alcaldes.

Revolución, transición y transformación con similar actitud ante la ciudadanía. La política y sus instituciones al servicio de sus políticos, en detrimento de la ciudadanía. Es una crisis crónica que hace disfuncional al país y a la entidad. Debilita a la sociedad y empodera a la política. Tenemos partidos ricos y políticos ricos con un pueblo en la medianía y en la pobreza. Ese estatus conviene a los del poder, quienes harán lo posible por mantenerlo con los partidos que sean. El resultado es más retórica y menos derechos. Invariablemente resultará todo en ineficacia y nula trasparencia.

Siempre habrá tensiones en la relación, se polarizará, se volverá imposible o, en cierta coyuntura, habrá señales de sensatez y respeto como para volver a intentar acercamientos, rescatar ilusiones y creer en algo común y superior. No es fatal vivir separados, así ha sido siempre, pero tiene sentido de superación y dignidad hacer lo necesario para convivir civilizadamente y buscar algo mejor. Seguir así es tan normal como estéril. Hacer puentes y poner el interés general por delante puede ser una buena causa ciudadana a la que los políticos se adapten.

Recadito: ¿Ley para defendernos de las grúas? Parece broma.