Quebradero

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Acapulco

 

Por Javier Solórzano Zinser

 

 En medio del caos, la confusión, el dolor y la tristeza no se pueden soslayar los históricos problemas de Acapulco y los que en los últimos años ha vivido por la inseguridad. Los ciudadanos del puerto han padecido el derecho de piso, las presiones y los secuestros bajo la ley de la delincuencia organizada.

Hace pocos días hacíamos referencia a lo que muchos trabajadores que ofrecen sus servicios en la playa se ven obligados a participar de un chat que sirve para que la delincuencia organizada los convoque para cuando sea “necesario”, trátese de lo que se trate.

Todos esos trabajadores y muchos más se van a quedar a la intemperie en un asunto que ya es de seguridad nacional, a lo que hay que agregar lo que eventualmente vaya a terminar por hacer la delincuencia organizada.

Acapulco es Acapulco. La expresión representa todo lo que es el puerto, su importancia y lo que significa para millones de personas que con regularidad lo visitamos de fin de semana o vacaciones largas, es el centro turístico por excelencia de las y los mexicanos.

En Acapulco puede pasar todo y todo lo que pase si se quiere olvidar se olvida. Es un referente en la vida de generaciones, porque además de lo atractivo que resulta visualmente tiene un sentido de fiesta que muy pocos lugares en el país, y si nos apura, en el mundo tienen.

Es, sobre todo, el hogar de más de un millón y medio de personas que han nacido en el puerto o que lo han hecho parte de su vida. Es el mar y todo lo que ello significa en miradas y recuerdos.

Todo esto es lo que está devastado y más. Son muchos los motivos de dolor, tristeza e impotencia que rodean lo que está pasando. Está devastado porque una tormenta tropical se convirtió en menos de 12 horas en huracán categoría 5. Esto significa que todas las previsiones que se tenían respecto al fenómeno meteorológico tuvieron una variación significativa que llevó a que la fuerza del huracán pegara además en tierra cuatro horas antes de lo que se tenía previsto.

Hay muchas preguntas que hacerse sobre lo sucedido. No hay que dejarlas de lado colectivamente, porque aunque hoy están ante nosotros otro tipo de urgencias, hay que hacer una ruta crítica del proceso previo a que llegara Otis.

La impresión inicial es que en algún sentido se pensó que el huracán no iba a pegar con la fuerza con la que lo hizo. En conversaciones con diferentes especialistas nos hacen ver que hay algo de inesperado en la forma en que se dieron las cosas, pero también dejan en claro que cada vez tienen menos instrumentos para su trabajo de investigación lo que en algún sentido pudo haber sido fundamental para la prevención entre la población.

Entre más información, más instrumentos para hacerle ver a la sociedad los riesgos de lo que puede pasar y en la medida de las posibilidades adelantarse a los hechos. En estos temas la clave es la cultura de la prevención como lo hemos visto con la alerta sísmica.

Habrá que revisar también si los mecanismos de información hacia la ciudadanía fueron efectivos.

Es cierto que el Presidente en la mañanera alertó sobre los riesgos de Otis, pero también es cierto que el gobierno estatal y municipal debieron haber contemplado lo que podría venirse y para ello nadie mejor que hacerlo que los especialistas y los académicos que los hay en todo el país, y también en Chilpancingo y Acapulco.

Acapulco está en medio de la devastación, del dolor y la tristeza ante la oportunidad de reconstruirse de manera equilibrada y con respeto al medio ambiente. Por ahora sin olvidar las muchas preguntas que nos hacemos, lo que importa son los ciudadanos, los de la Coloso, la Luis Donaldo Colosio y Renacimiento, entre otras.

RESQUICIOS.

El vacío informativo del miércoles generó más confusión e incertidumbre. Las cosas cambiaron un poco con el turbulento y confuso viaje del Presidente a Acapulco en donde, a querer o no, el centro fue el viaje más que la tragedia. La gobernadora apareció en tuits cargados de lugares comunes.